Llegué a las 23:52 por la entrada de servicio. Durante años, ese pasillo había sido parte de mi cuerpo: la puerta pesada, el olor a desinfectante, el eco de pasos cansados después de guardias interminables.
El guardia del acceso tardó en reconocerme. Cuando lo hizo, se puso pálido, miró hacia dentro y levantó el torniquete sin pedirme documento. Esa cortesía silenciosa me confirmó que algo era peor de lo dicho.