No busqué chaqueta buena ni zapatos correctos. Salí con lo primero que encontré. La ventana del pasillo seguía mal cerrada y el aire de mayo me pegó en la nuca como una advertencia.
Conduje por calles casi vacías. Los semáforos parecían demasiado lentos, las fachadas demasiado tranquilas. En cada esquina pensé en Solomiya de niña, dormida con la mano bajo la mejilla, confiada porque yo estaba cerca.