Camila caminaba por el porche con su hija en brazos mientras las gemelas reían junto a los caballos. Ezequiel la observaba desde el corral, con esa media sonrisa que solo ella sabía reconocer.
Había llegado allí como una deuda. Pero nadie podía comprar lo que encontró: un hogar, 2 niñas que la llamaban mamá con los ojos antes que con la boca, una hija nacida en medio de la tormenta y un hombre que, en vez de quedarse con su libertad, se la devolvió.