Renata corrió a abrazarla por la cintura. Regina, más tímida, apoyó la cabeza contra su hombro. La pequeña Esperanza se movió en la cuna que Ezequiel había tallado con sus propias manos.
Meses después, cuando la primavera llenó de flores amarillas el cercado, el pueblo ya no hablaba de una viuda vendida. Hablaba de la mujer que recuperó su nombre en la montaña.