—¿Qué quieres?
La comisura de sus labios apenas se movió.
—Una pregunta menos tonta.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Miró por la ventana, donde París brillaba a lo lejos.
—Esta noche quiero que te mejores. Mañana quiero que tu marido se mantenga alejado de este piso.
—Exmarido, pensó ella. Pero la palabra sonaba demasiado suave. Alexandre de repente pertenecía a otra vida, a otra versión de sí mismo, una versión que aún creía que la traición elegante dolía menos.
—Sabías quién era yo en ese autobús —dijo ella.
—Sabía tu nombre.
Sacó una foto doblada del bolsillo interior de su abrigo y la colocó sobre la sábana.
—Con eso me bastó.
Valérie bajó la mirada.
La foto era vieja, ligeramente desgastada por los bordes. Mostraba a un Gabriel mucho más joven, más delgado y robusto, de pie junto a un hombre al que reconoció de inmediato por la línea de sus hombros y la bondad en sus ojos.
Su padre.
Mathieu Caron.
Ver su rostro la impactó tanto que le quitó el aliento. Llevaba siete años muerto, pero el dolor aún lo asaltaba de repente.
«Tu padre me salvó de la cárcel cuando tenía diecinueve años», dijo Gabriel. «Era pobre, estaba enfadado y era muy fácil acusarme, en lugar de ser hijo de una familia adinerada. Mathieu Caron fue el único abogado en todo el tribunal que creyó en mi inocencia. Me defendió gratuitamente. No olvidé mis deudas».
La sala del tribunal quedó repentinamente en silencio.
Los pensamientos de Valérie se desviaron de la foto al hombre que tenía delante, y todo el día…
La palabra «posible» adquirió un nuevo significado.
Esto no era caridad.
Esto no era lástima.
No se trataba de la fantasía de un multimillonario que rescataba a una mujer destrozada, esperando ser suya.
Era una deuda saldada justo en el momento en que ella estaba demasiado devastada para negarse.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió de golpe.
Alexandre entró con dos abogados.
Incluso bajo las luces del hospital, lucía impecable. Abrigo de cachemir azul marino, corbata de seda, rostro afeitado. Vestimenta informal. Solo sus ojos lo delataban. Demasiado penetrantes. Demasiado nerviosos. Llenos del pánico que los hombres como él solo muestran cuando el dinero deja de resolver los problemas con la suficiente rapidez.
—¿Dónde está? —preguntó.
Valérie lo miró sin responder.
No porque le sorprendiera verlo.
Porque nunca lo había visto así.