En cambio, se ajustó los puños de la camisa, como si toda la escena le aburriera.
Su lujoso reloj reflejaba la luz blanca del techo, y cada segundo parecía latir más rápido que el corazón de Valérie.
Ni una sola vez miró su vientre.
Ni una sola vez.
No miró a la mujer que llevaba a sus hijos en su vientre.
—Firma estos papeles, Valérie —dijo Alexandre con voz suave y cortante—. Tengo un vuelo a Ginebra a las cuatro, y Camille me espera abajo.
Camille.
El nombre le dolía más que los papeles del divorcio.
Durante tres meses, las revistas de chismes habían publicado fotos de Alexandre con la joven modelo: en terrazas de Saint-Tropez, en hoteles de Courchevel, en bailes donde sonreía como si su matrimonio hubiera muerto hacía mucho tiempo.
Pero oír ese nombre de sus propios labios…
Ese fue el golpe final.
Valérie bajó la pluma.
Su firma temblaba en la página como una herida abierta.
Le estaba dejando todo.
El apartamento en la Avenida Foch.
Las cuentas bancarias.
El estilo de vida.
La comodidad.
Las apariencias.
No rogaría.
No discutiría por migajas.
Su dignidad era lo único que aún no le había arrebatado.
Alexandre se puso de pie, guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta y le dijo con una pereza casi cortés:
«Cuídate. Te dejé suficiente para unas semanas».
Como si le arrojara una moneda a un desconocido en la calle.
Luego se marchó.
La pesada puerta de roble se cerró tras él con la lúgubre suavidad de la tapa de un ataúd.
Valérie se quedó paralizada un segundo.
Solo uno.
Entonces exhaló, un suspiro que había contenido tanto tiempo que le dolían las costillas.
Cuando salió de la torre, París estaba empapada por la lluvia.
No era una llovizna.