El dolor disminuye.
La ira, en cambio, duele.
Gabriel la observó mientras revisaba su teléfono.
“De acuerdo”, dijo.
Ella levantó la vista.
“¿De acuerdo?”
“Sí. Conserva esa ira. Prefiero ayudar a una mujer enojada que a una destrozada.”
La frase fue tan directa que podría haberla sorprendido.
En cambio, comprendió de inmediato lo que quería decir.
Porque él conocía el momento en que alguien deja de pedir ayuda y empieza a decidir qué hacer.
Sophie solicitó la custodia temporal exclusiva, visitas supervisadas, la valoración de los bienes, una orden de embargo contra varias entidades asociadas con Beaumont y un proceso por insolvencia fraudulenta y manipulación de historiales médicos.
Mientras tanto, el equipo financiero de Gabriel compró discretamente parte de la deuda a corto plazo de Alexandre a través de varios vehículos de inversión opacos. Antes de que Alexandre se diera cuenta, la mitad de la soga al cuello ya estaba en manos de Gabriel.
Los periódicos escribieron sobre la rivalidad.
Fue encantador.
Una rivalidad implica dos oponentes más o menos iguales.
Lo que sucedió allí fue más bien una lección de escala.
La audiencia de custodia tuvo lugar seis semanas después del nacimiento.
Valérie vestía de azul marino porque Sophie había dicho que los jueces confiaban más en el azul que en el negro, y también porque…
La hacía sentir como si estuviera de luto por una parte de sí misma que aún se negaba a morir.
Los niños se quedaron en casa con la enfermera y los guardias de seguridad, lo que le revolvió el estómago hasta que se fue. Alma se había quedado dormida apoyada en su brazo justo antes de que se marchara, y Valérie decidió tomarlo como una señal.
Gabriel no se sentó a su lado en la sala del tribunal.
Tomó asiento en la última fila, como un hombre que no necesitaba la cercanía física para alterar la solemnidad de la sala.
Alexander entró, aparentemente transformado.
Traje gris oscuro.
Una expresión de arrepentimiento.