
—Mijaíl Andréievich, venga ahora. Es Solomiya —dijo, y la manera en que pronunció el nombre de mi hija me hizo sentarme en la cama.
La manera en que pronunció el nombre de mi hija me hizo sentarme en la cama. No gritó, no tartamudeó, no usó frases médicas de más. Por eso me asustó.