—No te atrevas.
—Suéltame.
Bernardo observó a la mujer.
—Usted aparece como beneficiaria de 6 transferencias por un total de 9,800,000 pesos.
Vanessa se quedó inmóvil.
—Eso era mi salario y mis bonos.
—2 pagos fueron registrados como consultoría internacional, pero usted nunca salió del país ni entregó informes.
—No sabía de dónde venía el dinero.
—Podrá explicarlo ante la fiscalía.
Vanessa se soltó de Alejandro.
—Me dijiste que todo era legal.
—Tú querías un departamento, un coche y viajes.
—Porque dijiste que podías pagarlos.
—Y tú jamás preguntaste.
2 automóviles grises se detuvieron frente a la casa.
Bajaron varios agentes vestidos de civil.
Uno mostró su identificación.
—¿Alejandro Salazar?
Él intentó mantener la calma.
—¿De qué se trata?
—Necesitamos que responda preguntas relacionadas con operaciones financieras, administración fraudulenta y falsificación de documentos.
—No estoy obligado a acompañarlos.
El segundo agente levantó una orden.
—También aseguraremos computadoras, teléfonos y registros de su empresa.
Vanessa soltó un gemido.
Alejandro miró a Mariana.
—Tú hiciste esto.
—No. Tú lo hiciste.
Su expresión cambió.
La súplica desapareció y surgió una rabia que Mariana conocía demasiado bien.
—Después de todo lo que hice por ti…
Ella soltó una risa amarga.
—¿Qué hiciste? ¿Engañarme? ¿Robarme? ¿Intentar quitarme la casa y a mis hijos?
—Te di una vida.
—Yo pagué esa vida.
—Eras una secretaria sin futuro cuando te conocí.
La frase le dolió.
Durante años, Alejandro se la había repetido de diferentes maneras hasta conseguir que ella se sintiera pequeña.
Mariana respiró hondo.
—Y tú eras un hombre con una mesa prestada y una deuda que pagué vendiendo la última joya de mi madre.
Alejandro bajó la voz.
—Podemos negociar. Devuélveme el acceso a las cuentas y retiro la demanda de custodia.
—¿De verdad crees que todavía puedes negociar conmigo?
—Soy el padre de tus hijos.
—Por eso espero que algún día aprendas a serlo. Pero Sofía y Mateo no serán monedas de cambio.
Los agentes avanzaron.
Alejandro miró hacia el garaje y corrió.
Empujó a uno de los guardias y saltó sobre los arbustos, intentando llegar a la entrada lateral.
No alcanzó la puerta.
2 agentes lo derribaron sobre el césped.
—¡Suéltenme! ¡Esta es mi casa!
—Deje de resistirse.
—¡Mariana, diles que paren!
Ella se acercó.
Por un segundo recordó al joven que le llevaba café barato afuera de la universidad.
Al hombre que cargó a Sofía por primera vez.
Al padre que pasó una noche armando la cuna de Mateo.
Quiso encontrar a ese hombre dentro de él.
Pero ya no estaba.
—Mariana, no puedes hacerme esto.
—Tienes razón.
Alejandro la miró con esperanza.
Ella señaló a los agentes.
—Yo no puedo. La ley sí.
Cuando se lo llevaron, Vanessa quedó temblando en la banqueta.
—No tengo adónde ir —murmuró.
Mariana la observó.
—Eso mismo me dijiste hace unos minutos.
—Estaba enojada.
—Estabas disfrutándolo.
—Alejandro también me engañó.
—Y tú me ayudaste a destruir mi matrimonio.
Vanessa bajó la mirada.
—Puedo colaborar. Tiene documentos falsos en un departamento de Polanco. Hay una caja fuerte detrás de un cuadro.
Bernardo se acercó.
—¿Qué contiene?
—Contratos, facturas, empresas fantasma y registros bancarios.
Mariana comprendió que Vanessa no actuaba por arrepentimiento.
Actuaba por supervivencia.
—Habla con el licenciado —dijo—. Pero no confundas cooperación con perdón.
Vanessa asintió y se alejó con el vestido arrugado y el maquillaje corriendo por sus mejillas.
Mariana entró a la residencia.
En la sala había flores, velas y una botella de champaña sobre hielo.
No solo iban a echarla.
Pensaban celebrar su salida.
Sobre una mesa encontró una tarjeta escrita por Alejandro:
“Por nuestra nueva vida. Sin cargas. Sin mentiras”.
Mariana la rompió.
Subió al dormitorio y encontró ropa de Vanessa extendida sobre su cama.
En el cajón donde guardaba las cartas de sus hijos había una caja roja.
Dentro apareció la pulsera de oro de su madre.
La misma que creía haber vendido 11 años atrás para ayudar a Alejandro.
Debajo había una nota de su tía Isabel.
“Mariana, recuperé esta pulsera hace mucho tiempo. Alejandro nunca usó el dinero para pagar la oficina. Compró un reloj. La guardé porque sabía que algún día necesitarías recordar quién eras antes de que él te convenciera de lo contrario”.
Mariana se sentó al borde de la cama.
Y lloró.
No por Alejandro.
Lloró por la mujer que había sido.
Por todas las veces que pidió perdón sin haber hecho nada.
Por cada sueño que abandonó para hacer espacio a los sueños de otro.
Se colocó la pulsera.
Cuando bajó, Sofía y Mateo la esperaban.