PARTE 1
Mariana Alcázar llegó corriendo a Bosques de las Lomas con sus 2 hijos tomados de la mano y una noticia capaz de cambiarles la vida.
Sofía, de 8 años, apenas podía seguirle el paso. Mateo, de 5, preguntaba por qué su mamá lloraba si el abogado había dicho que todo estaría bien.
Mariana no lloraba de tristeza.
Acababa de salir del despacho Alcázar y Asociados, donde el licenciado Bernardo Alcázar le informó que su tía Isabel había muerto dejándole una herencia de 480,000,000 de pesos.
También heredaba la participación mayoritaria de Torre Alcázar, uno de los rascacielos más importantes de Paseo de la Reforma.
Pero había algo todavía más sorprendente.
La residencia donde Mariana había vivido durante 11 años también estaba dentro del fideicomiso familiar y legalmente le pertenecía desde antes de casarse.
Su esposo, Alejandro Salazar, siempre presumía aquella propiedad como si la hubiera comprado con el éxito de su consultoría.
Mariana quiso llegar antes de que la noticia se hiciera pública.
Imaginó que Alejandro la abrazaría. Pensó que sus hijos brincarían de alegría y que, por fin, terminarían las deudas y los años de sacrificios.
Pero cuando dobló la esquina, se quedó inmóvil.
Alejandro estaba frente a la entrada con un traje azul marino y una carpeta amarilla.
A su lado se encontraba Vanessa Ríos, directora de marketing de su empresa.
Vanessa llevaba los aretes de perlas de Mariana y un vestido blanco que ella había encontrado escondido meses atrás dentro del clóset matrimonial.
Junto a la puerta había 2 maletas.
Las de Mariana.
—Tenemos que hablar —dijo Alejandro.
Vanessa bajó un escalón con una sonrisa llena de desprecio.
—En realidad, la que tiene que irse eres tú.
Alejandro sacó unos documentos.
Eran papeles de divorcio.
—Vanessa se mudará hoy. Los niños se quedarán aquí hasta que el juez decida la custodia.
Mariana miró a sus hijos, paralizados junto a ella.
—¿Empacaste mis cosas frente a Sofía y Mateo?
Vanessa cruzó los brazos.
—Recoge lo que falta y lárgate. En esta casa no hay espacio para una mantenida.
Durante años, Mariana trabajó de noche transcribiendo expedientes médicos para financiar la empresa de Alejandro.
Vendió la pulsera de oro de su madre para pagar la renta de su primera oficina.
Y ahora la amante estaba en la puerta usando sus joyas.
Mariana sonrió.
Sacó un documento de su bolso y lo extendió frente a ellos.
—En realidad, esta casa me pertenece a mí.
Antes de que Alejandro pudiera responder, una camioneta negra se detuvo frente a la residencia.
De ella bajaron el licenciado Bernardo y 2 elementos de seguridad privada.
El abogado abrió su portafolio y pronunció una frase que hizo palidecer a Alejandro:
—Señora Mariana Alcázar, venimos a asegurar su propiedad y a ejecutar las instrucciones que su tía dejó contra su esposo.
PARTE 2
El silencio se volvió tan pesado que incluso los niños dejaron de hablar.
Alejandro miró al licenciado Bernardo como si estuviera frente a un desconocido que acababa de entrar en una pesadilla.
—¿Asegurar qué propiedad? —preguntó—. Yo he vivido aquí durante 11 años. Pago los servicios, el mantenimiento y los impuestos.
Bernardo sacó una carpeta con sellos notariales.
—Pagar gastos de uso no lo convierte en propietario, señor Salazar.
Colocó los documentos sobre una de las maletas.
—La residencia pertenece legalmente a Mariana Alcázar Morales. Fue incorporada a un fideicomiso familiar 18 meses antes del matrimonio.
Alejandro tomó las hojas y comenzó a leerlas.
Por primera vez, Mariana vio miedo verdadero en sus ojos.
Vanessa retrocedió.
—Tú dijiste que esta casa era tuya.
Alejandro no respondió.
Bernardo continuó:
—Desde este momento, cualquier persona que permanezca dentro sin autorización de la propietaria será considerada ocupante no autorizado.
Vanessa soltó una risa nerviosa.
—No pueden echarnos así nada más.
Uno de los guardias dio un paso al frente.
—La propietaria puede retirar a cualquier persona que no tenga derecho legal de residencia.
Mariana observó los aretes de perlas.
—Primero devuélveme mis joyas.
Vanessa se tocó las orejas.
—Alejandro me las regaló.
—Entonces te regaló algo que no era suyo.
Mariana extendió la mano.