PARTE 1
—Si alguien pregunta, mamá no está en condiciones de decidir nada —dijo Andrés, frente al ataúd de su padre, sin bajar la voz.
A Rosario Méndez se le heló la espalda.
La iglesia de San Jacinto, en San Ángel, estaba llena de flores blancas, coronas con listones dorados y veladoras temblando como si también tuvieran miedo. Al centro, bajo el arco antiguo de cantera, reposaba el ataúd de don Manuel Arriaga, su esposo durante 44 años.
Manuel había sido un hombre duro, terco, trabajador hasta lo imposible. Empezó vendiendo refacciones en una accesoria de Iztapalapa y terminó levantando bodegas, departamentos en la Narvarte, un terreno enorme en Querétaro y 2 locales en Puebla. Nunca fue presumido. Usaba los mismos zapatos hasta que la suela pedía misericordia y siempre decía que el dinero no servía para comprar respeto, solo para revelar quién no lo tenía.
Sus hijos, Andrés y Julián, parecían haber aprendido lo contrario.
Estaban junto al féretro con trajes negros impecables, rostros tensos y ojos secos. Andrés recibía condolencias con la seriedad de un gerente cerrando un trato. Julián se tapaba la cara con un pañuelo, pero Rosario notó que no tenía ni una lágrima.
La gente susurraba:
—Pobre doña Rosario.
—Menos mal que le quedan sus hijos.
—Ellos sabrán protegerla.
Rosario bajó los ojos.
Protegerla.
Desde hacía meses, esa palabra le sonaba a candado.
Primero le quitaron las llaves del coche “por seguridad”. Después empezaron a revisar sus llamadas. Luego Andrés insistió en que no firmara nada sin consultarlo. Julián hablaba de contratar una enfermera aunque ella podía cocinar, caminar y recordar perfectamente el nombre de todos sus nietos.
Manuel lo había notado.
—No confundas cuidado con control, Chayo —le dijo una noche—. Cuando alguien te apura para firmar, es porque no quiere que pienses.
Tres días después, Manuel amaneció tirado junto a la mesa del comedor, con la taza de café volcada y una mano apretada contra el pecho.
El doctor Ignacio Rivas llegó antes que la ambulancia. Revisó el cuerpo, movió la cabeza y dijo:
—Fue un infarto fulminante. No sufrió.
Andrés ordenó todo demasiado rápido: funeraria, velorio, cremación para la mañana siguiente.
—Papá no quería que lo vieran deteriorado —repitió.
Rosario no recordaba que Manuel hubiera dicho eso jamás.
Cuando el sacerdote terminó la oración, ella se acercó al ataúd. El cristal dejaba ver el rostro pálido de su esposo, la boca apenas entreabierta, la piel rígida como cera. Rosario puso la mano sobre la madera.
—Viejo necio —susurró—. Prometiste que no me ibas a dejar sola.
Entonces Manuel abrió los ojos.
Rosario sintió que la iglesia entera se hundía.
No fue un parpadeo de luz ni una alucinación de viuda. Manuel la miró con conciencia. Con miedo. Con urgencia.
Después levantó apenas un dedo y lo llevó a sus labios.
Silencio.
Rosario quiso gritar, pero Andrés apareció a su lado.
—¿Qué pasó, mamá?
Ella se tambaleó.
—Me mareé.
Julián la sujetó del brazo con demasiada fuerza.
—Ya no te acerques tanto. Te estás haciendo daño.
Rosario lo miró.
No había dolor en su voz.
Había prisa.
Esa noche, el velorio siguió en la casa familiar de San Ángel. Había café de olla, pan dulce, rezos y vecinos hablando en voz baja. Rosario permaneció junto al ataúd, vigilando el cristal cada vez que nadie miraba.
Manuel no volvió a moverse.
Pero ella sabía lo que había visto.
Cerca de medianoche, Andrés se acercó con una taza.
—Tómate este té, mamá. Te va a calmar.
Rosario olió la manzanilla. Debajo había un amargor extraño, metálico, igual al olor que había sentido en el café de Manuel la mañana de su supuesta muerte.
Fingió beber, pero dejó caer el líquido en una servilleta doblada sobre su regazo.
Andrés no le quitó los ojos de encima.
—Necesitas dormir profundo. Mañana será pesado.
Después, Julián dejó una pastilla blanca en su buró.
—El doctor Rivas dijo que con esto vas a descansar.
Rosario la escondió bajo la lengua, tragó agua y esperó a que sus hijos cerraran la puerta. Apenas escuchó sus pasos alejarse, corrió al baño y escupió la pastilla en el lavabo.
Entonces oyó voces desde la escalera.
—Rivas llega temprano con el certificado final —dijo Andrés—. Salgado ya tiene lista la tutela.
Julián respondió en voz baja:
—¿Y si a papá se le pasa el efecto antes de la cremación?
Rosario se sostuvo del marco de la puerta.
No estaban velando a su esposo.
Lo estaban escondiendo vivo dentro de un ataúd.
Y todavía faltaba lo peor.