Cuando se levantó, la cama crujió. Las botas de Mateo habían desaparecido, ni siquiera su chaqueta. Un vacío repentino la invadió. Caminó con una mano en la cintura hacia el cajón donde guardaban el dinero del alquiler. No había absolutamente nada dentro. Mateo se había llevado los 900 pesos que le quedaban. Durante dos largos minutos, Valeria no pudo ni respirar. Sin embargo, no derramó ni una sola lágrima. Miró su vieja máquina de coser y, junto a ella, una pequeña caja de galletas donde guardaba celosamente 450 pesos en monedas, ahorrados en secreto para arreglar la ropa de los vecinos. Era una miseria, pero era suya.
Esa misma tarde, mientras entregaba un vestido, oyó a dos clientes hablar del antiguo limonero de Don Ernesto, un terreno a las afueras del pueblo que todos llamaban el huerto muerto. Decían que el sobrino del difunto, Héctor, un hombre ambicioso y cruel, lo vendía a un precio humillante porque los árboles estaban secos y el pozo no tenía agua. Para cualquiera, esto era una advertencia, pero para Valeria, con 450 pesos en el bolsillo y sin opciones, parecía una posibilidad. Si el mundo se olvidaba de ese lugar, nadie podría echarla.
Al día siguiente, Valeria firmó los papeles. Héctor, vestido con un traje caro, tomó el dinero con desdén, burlándose de su vientre hinchado y deseándole buena suerte en aquel cementerio de tierra roja. Valeria empacó dos bolsas de ropa, su máquina de coser y caminó los 5 kilómetros hasta su nueva propiedad. El lugar era un desastre. Las ramas del limonero parecían brazos muertos que se extendían hacia el cielo. El techo de la pequeña choza tenía cuatro grandes agujeros. Mientras barría el polvo, oyó una voz ronca. Era Doña Socorro, una anciana de 80 años que caminaba erguida, apoyada en un palo de madera, seguida de una gallina rojiza y escandalosa a la que llamaba La Patrona. La anciana no le ofreció consuelo, solo duras críticas sobre cómo sostenía la escoba, pero al irse, le dejó un trozo de pan sobre una piedra.
Durante 10 días, Valeria trabajó bajo el sol implacable. Arrancó maleza, tapó los cuatro agujeros del techo y limpió el polvo. Una tarde, la patrona entró corriendo y comenzó a cavar frenéticamente entre las raíces del limonero más viejo y grande de la propiedad. Valeria intentó ahuyentar al animal, pero notó algo extraño en la tierra suelta. Se agachó con dificultad y, con una pequeña pala, desenterró una pesada caja de madera envuelta en tela encerada. Cuando se abrió el pequeño candado oxidado, casi se le para el corazón. Dentro, brillaban veinte monedas de oro puro, acompañadas de un mapa dibujado a mano y una carta amarillenta.
El descubrimiento de las veinte monedas de oro pronto se convirtió en el rumor más grande del pueblo. Y los rumores siempre llegan a oídos equivocados. Tres días después, mientras Valeria regaba un pequeño brote verde que había crecido en el viejo árbol, oyó el sonido de una furgoneta frenando bruscamente frente a su cerca. La puerta crujió cuando Héctor la pateó con fuerza. Iba acompañado, pero lo que heló la sangre de Valeria no fue la presencia de su ambicioso sobrino. A su lado, con la mirada fija en el suelo y una sonrisa cínica, estaba el hombre que la había abandonado a la pobreza. Era Mateo.
Era imposible creer lo que estaba a punto de suceder…