Me llamo Judith Santana, tengo 32 años y trabajo como coordinadora de facturación para una cadena de clínicas veterinarias en Covington, Kentucky. Me dedico a asegurarme de que los dueños de perros paguen las limpiezas dentales de sus golden retrievers, que, por cierto, cuestan más que mi última visita al dentista, pero esa es otra historia triste.
Una mujer yacía congelada sobre el asfalto caliente de una calle suburbana, con restos de carne ahumada derramados a su lado, mientras su marido, enmarcado por el humo de la parrilla y las coronas de cumpleaños, la miraba fijamente y ordenaba a todos que se alejaran; la primera señal de que no se trataba de una emergencia médica, sino de un plan que había salido mal.