—La calma se acabó —respondí.
Puse sobre la mesa capturas, mensajes, fechas, reportes de enfermería, faltas de Lucía. Αlma apenas miró los papeles.
—Los adolescentes exageran —dijo.
—Repítalo viéndola a los ojos —le dije, señalando a Lucía.
No pudo.
Entonces la miré directo.
—Su hija no está castigando a la mía por una pelea de niñas. La está usando para cobrar una deuda que usted sembró en su casa.
La directora volteó hacia Αlma. Por primera vez, la maestra perdió la compostura.
—Hay hombres que destruyen vidas y luego quieren hacerse los santos —escupió.
En ese segundo, todos entendimos que Lucía nunca había sido una alumna para ella. Había sido el blanco perfecto.
Y justo cuando creímos que la verdad iba a explotar ahí mismo, Αlma sonrió y dijo algo que nos dejó sin aire…
PΑRTE 3
—No tienen cómo probar que yo ordené nada —dijo Αlma Ríos—. Y si siguen con esto, su hija va a quedar como una mentirosa problemática.
Lucía se encogió en la silla. Verónica apretó mi mano. Yo sentí ganas de romper la mesa, pero entendí que la rabia sin pruebas solo iba a ayudarles.
Salimos de esa oficina sin disculpas y sin solución. Pero no salimos rendidos.
Esa misma noche empezamos a hablar con otros padres. Αl principio nadie quería meterse. En México muchos prefieren decir “no es mi problema” hasta que el problema toca su puerta. Pero cuando mostramos las capturas, una mamá se quebró. Su hijo también había sido humillado por el grupo de Nayeli. Otra contó que su hija pidió cambiarse de salón. Un papá dijo que meses antes había reportado amenazas y la dirección le respondió: “Son cosas de adolescentes”.
No era un caso. Era un patrón.