No durmió nada.
En cambio, abrió la caja fuerte del estudio y sacó una carpeta azul que no había tocado en años.
Y por primera vez en una década, sonrió.
Un nuevo día con una perspectiva diferente
A la mañana siguiente preparó el desayuno como siempre.
Café preparado exactamente como a él le gustaba. Pan ligeramente tostado. Zumo a la temperatura justa.
La rutina perdura incluso cuando el afecto se desvanece.
Habló con renovada confianza durante el desayuno.
“Deberíamos formalizar este acuerdo a partes iguales”, sugirió.
—Perfecto —respondió ella con calma.
No aparecieron lágrimas. No hubo gritos.
Su serenidad lo inquietó más que la ira.
Ese día, hizo tres llamadas telefónicas importantes.
Un abogado. Su contable. El banco.
No hablar de terminar la relación.
Para discutir la revisión y el examen.
Porque la división exige total transparencia.
Y la transparencia revela todo lo que se esconde bajo la superficie.
La carpeta azul
Esa noche, ella esperó en la mesa del comedor.
No con la cena preparada.
Con la carpeta azul abierta.
Se sentó frente a ella, perplejo.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Nuestra división —respondió ella.
Deslizó el primer documento hacia él por encima de la mesa.
“Cláusula diez. El acuerdo de empresa que firmaste hace ocho años.”
Frunció el ceño, confundido. “Eso es solo papeleo administrativo”.
—No —corrigió—. Se trata de una cláusula de participación diferida. Si la relación se disuelve o las condiciones financieras cambian significativamente, el garante adquiere automáticamente el cincuenta por ciento de las acciones de la empresa.
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