¿Está vivo?
Camila recuperó la consciencia de repente. Miró a su alrededor. El vertedero estaba casi vacío a esa hora, salvo por dos recolectores que rebuscaban entre la chatarra al fondo y un camión que se alejaba envuelto en una nube de polvo. Nadie parecía darse cuenta.
Sí. Y si quien lo tiró sigue por aquí, no podemos quedarnos.
Volvió a mirar al hombre. Incluso con el rostro magullado, era evidente que no pertenecía a su mundo. Llevaba un reloj inteligente, zapatos caros y una cadena de oro parcialmente oculta bajo el cuello de la camisa. Tenía las uñas limpias y la piel bien cuidada. Un hombre rico. De esos que jamás habrían mirado a una mujer como ella con otra cosa que no fuera lástima o desprecio.
Y sin embargo, allí yacía, como un saco entre la basura.
Camila pensó en irse. Llevarse a los niños y fingir que no había visto nada. Ya tenía suficientes problemas: el alquiler atrasado, la despensa vacía, las facturas del médico tras la muerte de Julián. Cualquier persona sensata habría huido. Pero entonces el hombre gimió de nuevo, y un pensamiento atravesó a Camila como un cuchillo: si lo dejaba allí, volverían para acabar con él.
“Joaquín, ayúdame a quitarle la cinta. Luz, asegúrate de que no venga nadie.”
“¿Y si es un criminal?”, preguntó el chico con voz temblorosa.
Camila apretó la mandíbula.
“Ahora mismo, es un hombre que morirá si no hacemos nada.”
Con dedos torpes, le arrancó la cinta de la boca al desconocido. El hombre jadeó, buscando aire. Entonces, con un trozo de cristal roto, Camila cortó las vendas de sus muñecas. El hombre apenas abrió los ojos. Estaban oscuros, borrosos, pero llenos de pánico.
—No… no me devuelvan… —balbuceó. —Cállate —dijo Camila—. Si quieres vivir, cállate e intenta levantarte.
No sabía de dónde había sacado tanta determinación, pero el hombre obedeció. Ella y Joaquín lograron incorporarlo. Era alto y corpulento. Apenas estaba consciente. Camila se quitó el chal y le limpió un poco de sangre de la frente.
—¿Puedes irte?
Intentó responder, pero solo asintió débilmente.
Camila tomó la decisión sin pensarlo dos veces.
—Nos lo llevamos.
Su casa era una modesta construcción de chapa y bloques de hormigón, en las afueras de una urbanización donde nadie hacía preguntas siempre y cuando no te metieras en los asuntos ajenos. Llegaron tarde por la noche, usando callejones laterales para no ser vistos. El hombre se desplomó en cuanto cruzó el umbral. Camila lo recostó en la única cama de campaña mientras Luz Marina calentaba agua y Joaquín cerraba la puerta con cuidado.
La casa olía a frijoles recalentados y humedad. Había dos colchones en el suelo, una mesa destartalada, un pequeño altar con una foto de Julián y una vela casi consumida. Nada más. El lujo de aquella alfombra parecía una broma cruel comparado con aquel pequeño espacio, donde la pobreza parecía impregnar cada rincón.
Camila lavó la herida del hombre con agua salada hervida. Despertó, medio inconsciente, mientras la sensación de ardor lo hacía temblar.