—No te muevas —ordenó ella.
—¿Dónde estoy?
—En una casa donde, francamente, no deberías estar.
Intentó levantarse, pero gimió.
—Mis hijos te encontraron conmigo en el basurero. O mejor dicho, te encontramos nosotros. ¿Quién te hizo esto?
El hombre se quedó paralizado. Su mirada recorrió el techo de hojalata, la vieja mesa, los pies descalzos de Luz Marina asomando por detrás de la cortina. Luego murmuró:
—No puedo decirlo. Si descubren que estoy vivo, vendrán a buscarte.
Camila rió secamente.
—Bueno, tarde o temprano lo descubrirán, porque no puedes esconderte debajo de la mesa.
Por primera vez, la miró seriamente. Vio a una mujer con profundas ojeras, el cabello recogido a toda prisa, hombros fuertes por cargar con tantas cargas del mundo y ojos negros que no conocían el lujo, sino el cansancio y el coraje.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó.
Camila no supo qué responder de inmediato. Porque seguía siendo humano. Porque sus hijos la observaban. Porque si Julián estuviera vivo, no la dejaría abandonar a alguien a su suerte. Porque uno puede acostumbrarse al hambre, pero no a la traición a uno mismo.
—Porque estabas respirando —dijo finalmente.