“Sus corazones latían con fuerza al pensar que un objeto así pudiera tener un gran valor.”

Le temblaban los dedos al desatar el nudo.

Luz Marina se tapó la nariz.

“Huele raro, mamá”.

Camila desenrolló un poco la alfombra, lo suficiente para ver el reverso. Entonces notó que era más rígida por dentro, como si algo estuviera atrapado entre las capas. Intentó desenrollarla más, pero un borde se abrió solo y una mano cayó.

Una mano humana.

Camila soltó un grito ahogado y retrocedió, cayendo sobre la basura. Todo su cuerpo se puso rígido. Luz Marina gritó y abrazó a Joaquín. Por un segundo que pareció una eternidad, el mundo se detuvo: el zumbido de las moscas, el ladrido lejano de un perro, el sol anaranjado desapareciendo tras la colina.

No era un cadáver completo, como su mente aterrorizada le había sugerido al principio. Era un hombre envuelto en la alfombra, con las manos y los pies atados con bridas de plástico y la boca sellada con cinta adhesiva gris. Su camisa blanca estaba empapada de sudor y tenía sangre seca en la sien. Tenía los ojos cerrados.

Pero respiraba.

«Dios mío…» susurró Camila.

El hombre dejó escapar un gemido apenas audible.

Joaquín, que a sus diez años intentaba aparentar más edad de la que tenía, dio un paso al frente.

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