PARTE 1
“Mi propio hijo me pegó en la cara… y al día siguiente le serví la cena como si nada hubiera pasado.”
Así lo contó Elena Ramírez, una mujer de cincuenta y cuatro años de San Nicolás de los Garza, Nuevo León, con la voz tranquila, pero con los ojos llenos de algo que ya no era tristeza: era cansancio.
La noche anterior, el calor se había quedado pegado a las paredes de su casa como una amenaza. Elena había regresado de trabajar en la biblioteca de una secundaria pública, con los pies hinchados y la espalda partida. Solo quería bañarse, cenar algo sencillo y dormir.
Pero apenas dejó su bolsa sobre la silla, su hijo Mateo apareció en la entrada de la cocina.
Tenía veintitrés años, los ojos rojos y ese olor agrio a cerveza que Elena ya reconocía desde antes de que él abriera la boca.
—Dame dinero —dijo.
No fue una petición. Fue una orden.
Elena lo miró en silencio. Mateo no siempre había sido así. De niño era cariñoso, de esos que se dormían abrazados a su mamá y le hacían dibujos con crayones en hojas arrancadas de la libreta. Pero desde que su padre se fue, cuando él tenía quince años, algo dentro de Mateo se torció.
Primero fue la rebeldía. Luego los gritos. Después las borracheras. Los trabajos que dejaba a la semana. La universidad abandonada. Las culpas.