Parte 2 Diego no gritó. Eso fue lo peor. Se quedó de pie….

—Mamá… yo no sabía nada.

—Lo sé —dije—. Pero te pedí hace semanas que revisaras conmigo los cargos. Preferiste pensar que exageraba.

Lucía dio un paso hacia Diego.

—Cariño, por favor. Lo del reloj… Dani es un tipo que me prestó dinero. Yo tenía que mantenerlo contento para que no…

—¿Para que no qué? —Diego abrió los ojos, fulminante—. ¿Y Cancún?

Lucía bajó la mirada.

—Fui a verlo. Quería que me diera tiempo.

Ese silencio sí fue definitivo. Diego respiró como si le doliera el aire.

—Te vas a casa de tu madre hoy —dijo, sin temblar—. No vuelves aquí esta noche.

—¡Diego, no puedes dejarme así! —Lucía estalló—. ¡No entiendes lo que es tener miedo!

—Lo que entiendo —contestó él— es que usaste a mi madre. Y me usaste a mí.

Verónica deslizó un formulario hacia mí. Firmé. No por venganza, sino por límite. El agente Ramírez tomó nota, sin teatralidad. Todo parecía frío, administrativo… hasta que Lucía, al darse cuenta de que no había salida fácil, se derrumbó de verdad: lloró con la cara entre las manos, sin frases bonitas.

Diego recogió sus llaves del aparador.

—Mañana hablaré con un abogado —dijo—. Y tú… tú busca ayuda, Lucía. Pero lejos de mi madre.

Lucía me miró por última vez, con rabia agotada.

—Esto es culpa tuya —murmuró.

No respondí. Ya no hacía falta.

Cuando por fin se fue, Diego se quedó en mi sala como un niño grande, con los hombros vencidos.

—Perdóname —dijo.

Le puse una mano en el brazo.

—Ahora lo importante es que no vuelvas a cerrar los ojos.

Esa noche cenamos caldo en silencio. Y por primera vez en semanas, mi casa volvió a sentirse mía.

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