PARTE 1
—Somos los hijos de la señora que limpia aquí… y no tenemos dónde dormir esta noche.
La frase dejó inmóvil a Alejandro Cárdenas bajo el aguacero.
Eran casi las 9 de la noche en una zona residencial de San Pedro Garza García. El agua corría por la banqueta, los relámpagos iluminaban las bardas y dos niños permanecían frente al portón de su casa sosteniendo sobre sus cabezas un pedazo de cartón empapado.
El mayor tendría 10 años. El pequeño, quizá 7.
—¿Cómo se llaman? —preguntó Alejandro, bajando el paraguas.
—Yo soy Emiliano. Él es Gael. Nuestra mamá se llama Marisol Hernández. Trabaja aquí.
Alejandro sintió un golpe de incredulidad. Marisol tenía 26 años y llevaba 4 meses limpiando su casa. Llegaba a las 7, trabajaba en silencio y se marchaba a las 5. Nunca había mencionado hijos, pareja ni problemas. Para él había sido una empleada puntual, eficiente y casi invisible.
—Marisol ya se fue —dijo.
Emiliano apretó la mandíbula.
—Lo sabemos. Nos dejó esta dirección para una emergencia.
Gael temblaba tanto que sus dientes chocaban, pero seguía sosteniendo el cartón para ayudar a su hermano. Alejandro pudo llamar a la policía o a alguna institución. Sin embargo, al mirar los ojos del pequeño, abrió el portón.
—Entren.
Doña Lupita, la cocinera, les consiguió ropa seca y calentó caldo de pollo. Los niños se sentaron derechos, sin tocar nada. Gael esperó a que Emiliano asintiera antes de probar la primera cucharada.
—¿Dónde estaban? —preguntó Alejandro.
—Con una vecina —respondió Emiliano—. Tuvo que irse al hospital. Mamá no llegó por nosotros y su teléfono está apagado.
Alejandro llamó a Marisol. Buzón. Volvió a marcar. Nada.
Pidió revisar las cámaras del fraccionamiento. En la grabación, Marisol salía a las 5:03, caminaba hacia la parada del camión y desaparecía bajo la lluvia. Un guardia recordó haber visto una camioneta gris detenerse cerca de ella.
Alejandro dejó de pensar como patrón y comenzó a pensar como alguien que tenía a 2 niños esperando una respuesta.
Un conocido rastreó la última señal del celular: una farmacia cerrada, a 7 calles.
—Voy a buscarla —dijo.
Emiliano lo miró sin pestañear.
—Mi mamá está bien.
Pero la voz se le quebró al final.
Alejandro condujo despacio por calles inundadas hasta distinguir una figura agazapada bajo la cortina metálica de un local. Frenó, corrió y reconoció a Marisol.
Tenía el labio roto, un ojo inflamado y abrazaba una bolsa de plástico contra el pecho.
—Sus hijos están en mi casa —dijo él.
Marisol levantó el rostro aterrada.
—¿Los encontró él?
—¿Quién?
Ella trató de ponerse de pie, pero casi cayó.
—El padre de mis hijos. Me quitó las llaves, el dinero y mi teléfono. Dijo que esta noche iría por ellos.
Alejandro la sostuvo del brazo.
En ese instante, su celular sonó. Era Doña Lupita, llorando.
—Señor Alejandro, hay un hombre golpeando el portón. Grita que viene por los niños… y trae una orden de custodia con su firma.
Alejandro miró a Marisol.
Él jamás había firmado ese documento.
Y no podía imaginar hasta dónde llegaba la mentira que acababa de entrar a su casa.