PARTE 1
Faltaban 6 días para que Sebastián Alcázar se casara cuando vio a la familia que alguien le había robado sin que él lo supiera.
Caminaba por el Parque México, en la Ciudad de México, junto a su prometida, Natalia Cárdenas. Ella hablaba emocionada sobre las flores, el banquete y la ceremonia que celebrarían en un jardín de Polanco.
—Mi mamá insiste en que cambiemos las mesas —decía Natalia—. Solo te pido que no discutas con ella durante la cena.
Sebastián asintió sin escuchar realmente.
Había familias sentadas bajo los árboles, niños corriendo detrás de burbujas y parejas compartiendo café. Aquella tranquilidad le provocó una tristeza inexplicable.
Entonces la vio.
Valeria Mendoza.
Habían pasado 4 años, pero la reconoció de inmediato.
Estaba cerca de un vendedor de globos, empujando una carriola triple. Llevaba el cabello oscuro recogido sin cuidado y parecía más delgada, cansada, como si la vida hubiera colocado sobre sus hombros un peso enorme.
Sebastián bajó la mirada hacia los niños.
Eran 3.
2 niñas y 1 niño.
Una de las pequeñas giró la cabeza y lo miró directamente.
Tenía los ojos grises.
El mismo tono extraño que Sebastián había visto toda su vida frente al espejo.
Valeria tenía los ojos cafés.
Aquella mirada no podía venir de ella.
El ruido del parque desapareció. Sebastián dejó de escuchar a Natalia, a los vendedores y a los automóviles que circulaban por la avenida.
Valeria levantó la cabeza.
Cuando lo reconoció, su rostro perdió todo el color.
Sebastián esperaba enojo, desprecio o resentimiento.
Lo que vio fue miedo.
Valeria apretó el manubrio de la carriola y comenzó a alejarse.
—¡Valeria! —gritó él.
Ella aceleró el paso.
Natalia sujetó su brazo.
—Sebastián, ¿quién es esa mujer?
Él se soltó y corrió detrás de la carriola.
4 años antes, Valeria había desaparecido de su vida dejando una carta en la que aseguraba haber conocido a otro hombre. Le pidió que no la buscara y que aceptara que lo suyo había terminado.
Sebastián había intentado odiarla.
Después aprendió a vivir con la herida.
Ahora, viendo aquellos 3 rostros, comenzó a preguntarse si todo había sido mentira.
Valeria llegó al borde del camino. Al girar la carriola, una vieja envoltura cayó de su pañalera.
Sebastián la recogió.
Su nombre estaba escrito al frente con la letra de Valeria.
Ella se detuvo al verlo sostenerla.
—No aquí —suplicó.
Una de las niñas se inclinó hacia delante.
—¿Eres amigo de mi mamá?
Sebastián sintió que el corazón se le partía.
—Lo fui.
—Yo soy Lucía —dijo la niña de ojos grises—. Él es Nicolás y ella es Emma.
Natalia observó a los trillizos y luego a su prometido.
—¿De quién son esos niños?
Valeria cerró los ojos.
Sebastián abrió el sobre.
Dentro encontró una carta firmada con su nombre, en la que él supuestamente rechazaba el embarazo y le ordenaba a Valeria no volver a buscarlo.
Pero Sebastián jamás había escrito una sola palabra de aquella carta.
PARTE 2
Sebastián leyó el documento 2 veces.
La firma se parecía a la suya, pero la inclinación de las letras era incorrecta. También había expresiones que jamás utilizaría.
—Yo no escribí esto —dijo con la voz quebrada.
Valeria lo miró con una mezcla de dolor y desconfianza.
—La recibí después de avisarte que estaba embarazada. Esperé tu llamada durante semanas.
—Nunca recibí tu carta.
—La envié a Monterrey, al departamento donde vivirías por tu nuevo trabajo.
—La empresa cambió mi domicilio antes de que llegara. Te lo expliqué en 3 mensajes.
—Yo nunca recibí esos mensajes.
Ambos quedaron en silencio.
Durante 4 años, cada uno había creído que el otro había elegido abandonarlo.
Natalia permanecía a unos metros, pálida, intentando comprender cómo su boda acababa de convertirse en algo irreconocible.
—Necesito hablar contigo esta noche —le dijo a Sebastián—. Quiero toda la verdad.
Después se marchó sin hacer una escena.
Valeria llevó a los niños a una cafetería cercana. Allí, mientras comían quesadillas y fruta, explicó que había intentado contactar a Sebastián 2 veces más.
La segunda carta regresó sin ser entregada.
Luego recibió una llamada de una mujer que dijo trabajar en la oficina de Sebastián.
La desconocida aseguró que él ya estaba comprometido y que las llamadas de Valeria estaban dañando su nueva relación.
—Me dijo que si todavía te quería debía dejarte en paz —recordó.
—Yo no estaba comprometido. Ni siquiera salí seriamente con alguien durante casi 2 años.
Sebastián miró a los trillizos.
Lucía examinaba sus ojos con curiosidad. Nicolás le ofreció una rebanada de manzana porque lo vio triste. Emma abrazaba un conejo de tela mientras repetía que todo debería celebrarse con pastel.
Tenían 3 años y 8 meses.
Las fechas coincidían.
—¿Son míos? —preguntó finalmente.
Valeria bajó la mirada.
—Siempre creí que sí.
Sebastián la invitó a su departamento para comparar las cartas. Ella aceptó únicamente porque sería un lugar tranquilo y podía retirarse cuando quisiera.
Dentro del estudio, Sebastián sacó el documento que supuestamente había escrito Valeria 4 años antes.
Decía que había encontrado a un hombre capaz de ofrecerle estabilidad y que no deseaba volver a verlo.
Valeria lo leyó y negó lentamente.
—Yo nunca escribí esto.