Diego no gritó. Eso fue lo peor. Se quedó de pie, inmóvil, mirando a Lucía como si intentara reconocerla por primera vez.
—¿Quién es Dani? —repitió, más bajo todavía.
Lucía agarró el móvil y lo apretó contra el pecho.
—Es… un compañero. Del trabajo.
—¿Del trabajo que dijiste que ibas a dejar porque te explotaban? —Diego soltó una risa seca, sin humor—. ¿Del trabajo del que nunca hablas, del que siempre “te pagan tarde”?
Yo no añadí nada. No hacía falta. Verónica observaba en silencio, el agente Ramírez con la paciencia de quien ya ha visto mil derrumbes domésticos.
Lucía miró alrededor, buscando un aliado. No lo encontró.
—Está bien —dijo de pronto, cambiando de táctica—. Sí, es alguien. Pero no es lo que piensas.
—Entonces explícalo —Diego apoyó las manos en el respaldo de la silla, como si necesitara sostenerse—. Explícame también por qué usaste la tarjeta de mi madre, por qué aparece tu número en un financiamiento, por qué hay un hotel en Cancún y por qué un tal Dani te da las gracias por un reloj.
Lucía tragó saliva. Sus ojos se humedecieron, pero no era ternura: era cálculo, como si eligiera qué verdad le convenía.
—Yo… me metí en un lío —admitió al fin—. Empecé con apuestas en línea. Una tontería al principio. Pensé que podía recuperar lo perdido. Y luego… luego ya no podía parar.
Diego cerró los ojos, muy despacio.
—¿Apuestas? —susurró.
—No quería que te enteraras —continuó Lucía, atropellándose—. Te ibas a poner como siempre, con tu “hay que ser responsable”, con tus sermones… Yo solo quería arreglarlo antes de que todo explotara.
El agente Ramírez intervino:
—Señora, usar una tarjeta ajena sin autorización y tramitar un financiamiento con datos de otra persona puede constituir delito. Lo correcto es formalizar una declaración.
Lucía se giró hacia él, alarmada.
—¿Me van a detener?
—Hoy no estamos aquí para eso —respondió él—. Estamos aquí porque doña Carmen Rodríguez quiere dejar constancia y porque el banco necesita documentación para bloquear y reclamar.
Diego me miró, y en sus ojos vi algo que me rompió: vergüenza mezclada con súplica.
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