—¿Hoy? Pero… Mateo, es mi cumpleaños.
Él apretó la mandíbula.
—Precisamente por eso. Ya no puedes vivir solo. La semana pasada dejaste la estufa encendida.
—La apagué diez minutos después.
—También perdiste las llaves.
—Estaban en el bolsillo de mi chamarra.
Fernanda intervino con esa voz dulce que usaba cuando quería parecer buena persona.
—Don Aurelio, no lo vea como castigo. Es por su seguridad. Nosotros tenemos muchas responsabilidades.
Yo la miré. En sus ojos no había preocupación, solo prisa.
—Esto fue idea tuya, ¿verdad?
Mateo golpeó la mesa.
—¡Basta, papá! Siempre haciéndote la víctima. Firma aquí.
—¿Y si no firmo?
Fernanda se quitó los lentes. Su sonrisa fue pequeña, venenosa.
—Entonces tendremos que hablar con un médico. Hay formas legales de proteger a una persona que ya no está en condiciones de decidir.
Entendí la amenaza. Querían declararme incapaz. Querían mi casa, mis ahorros, mi pensión, todo lo poco que yo tenía.
Firmé con la mano temblando. No porque aceptara, sino porque estaba demasiado herido para pelear.
A las tres de la tarde llegó una camioneta blanca. Metí en una maleta dos mudas de ropa, la foto de Rosario, un rosario de madera y una carta que había encontrado esa mañana en el buzón, pero que aún no había abierto. Venía de un despacho de abogados en Monterrey.
Cuando salí, miré mi cocina por última vez. El mole seguía caliente sobre la estufa. Nadie lo probó.
En Los Jacarandas me recibió doña Lucía, la directora. Era amable, pero su amabilidad me dolió más. Me entregó una llave, me explicó los horarios y me llevó a una habitación pequeña con una cama, un buró y una ventana hacia el patio.
Esa noche no cené. Me senté en la cama, saqué la carta y la abrí.
“Estimado señor Aurelio Hernández Salgado: lamentamos informarle el fallecimiento de su tío, don Evaristo Salgado Robles. Usted ha sido nombrado heredero universal de sus bienes. Le rogamos comunicarse con urgencia antes del día 7 de junio.”