Cuando uno envejece, las paredes de la casa ya no esconden las palabras. Fue así como escuché a mi propio hijo deseando mi muerte, como quien habla de un paquete atrasado en el correo. Mi nombre es Fermín Díaz, tengo 76 años y trabajé toda la vida como maestro albañil aquí en Guadalajara, Jalisco. Crié a cada hijo con el sudor de mi frente, dejando mis huellas en el cemento de cientos de casas de esta ciudad, mientras construía mi propio hogar, ladrillo por ladrillo. Hoy, con las manos callosas y la espalda encorbada por el tiempo, vivo en una casa sencilla, pero limpia y digna, donde el respeto aún tiene valor.
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No fue fácil llegar hasta aquí. Pasé por tormentas que casi se llevaron mi techo. Vi a la muerte llevarse a mi esperanza hace 5 años, cuando su corazón se detuvo de repente una mañana de domingo, y enfrenté el dolor de escuchar a mi propia sangre planeando lucrar con mi entierro. Pero el buen adobe es el que se endurece al fuego, ¿verdad? Y esta historia que voy a contar es sobre cómo un viejo maestro albañil usó las herramientas que conocía para reconstruir su dignidad.
Toda la vida creí que la familia era el cimiento más fuerte que un hombre podía tener, hasta el día en que me di cuenta de que no toda la sangre comparte el mismo corazón. Fue un miércoles por la tardecita, cuando las chicharras ya empezaban su canto allá afuera, que mi vida cambió para siempre. ¿Quieres saber qué pasó después? Entonces dame permiso de contar esta historia desde el principio, porque tiene mucho que enseñar sobre respeto, ingratitud y justicia en esta vida.
Nací en el interior de Jalisco, en un pueblito tan pequeño que ni en el mapa aparecía. Era solo un puñado de casas rodeadas de sembradíos de maíz y frijol. Mi padre, hombre duro como piedra, me enseñó a trabajar en el campo desde que tengo memoria. A los 8 años ya sabía el peso de un asadón y el valor de cada gota de sudor. Mi madre, doña Francisca, mujer de fe y manos de hada, me dio lo que el padre no podía: cariño e historias para alimentar mi alma inquieta.
Estudié poco, solo hasta cuarto de primaria, como se decía antes, pero la vida me enseñó mucho. A los 15 años salí de casa con un atado de ropa y el sueño de construir algo más grande que esa vidita apretada. Fue así como llegué a Guadalajara, ciudad que me recibió como a un hijo. Comencé como peón de albañil, cargando arena, cemento, haciendo mezcla. Tenía orgullo de mi trabajo, por más sencillo que fuera. Don Juvenal, mi primer patrón, hombre serio y justo, notó mi dedicación y me fue enseñando los secretos de la construcción.
“Fermín”, me decía, “una casa es como una vida. Necesita cimiento firme, paredes derechas y techo bien puesto para aguantar las tempestades”. Y tenía razón. Poco a poco fui subiendo en el oficio. De peón pasé a albañil, después a encargado, hasta llegar a maestro de obras. Mis manos sabían leer planos mejor que mis ojos leían palabras. Conocía cada tipo de material por el olor, por la textura. Sabía cuándo una viga iba a aguantar el peso o cuándo un repello necesitaba más tiempo para fraguar.
Mi fama de trabajador honesto y cuidadoso se extendió y pronto estaba dirigiendo obras importantes en la ciudad. Fue en una de esas obras, la construcción del nuevo mercado municipal, que conocí a Esperanza. Ella vendía café y tacos a los trabajadores todas las mañanas, con una sonrisa que iluminaba más que el sol de ese patio. Mujer fuerte, de risa fácil y corazón más grande que el mundo. Me enamoré al instante, pero tardé seis meses en crear valor para invitarla a caminar por la plaza después de misa.
Nos casamos un año después, en una ceremonia sencilla en la iglesia de Guadalupe. Yo tenía 28 años y ella 24. Al principio vivimos de alquiler en un cuartito en los fondos de una casa en la colonia Centro. Dormíamos en un colchón en el suelo, cocinábamos en una estufa de dos hornillas, pero éramos felices como rey y reina. Esperanza trabajaba como costurera y yo en las construcciones. Juntábamos cada peso pensando en el futuro.
Daniel, nuestro único hijo, nació dos años después. Niño fuerte, de ojos vivos como los de la madre. Cuando cargué a ese pedacito de vida en mis brazos por primera vez, juré que tendría todo lo que yo no tuve. Estudiaría en buenas escuelas, nunca pasaría necesidad, sería licenciado. Fue por él que doblé mi jornada de trabajo, aceptando chambas extras los fines de semana y días festivos.
Con mucho sudor logramos comprar un terreno en la colonia Santa Mónica. Poco a poco construí nuestra casa en las horas libres. Cada ladrillo fue asentado por estas manos que hoy tiemblan. Esperanza me ayudaba pasando mezcla, sosteniendo la plomada, mientras el pequeño Daniel jugaba con pedazos de madera en el terreno. Tardamos 3 años en terminar, pero cuando nos mudamos ahí, el orgullo que sentí no tiene precio que lo pague.
Conforme Daniel crecía, todos nuestros esfuerzos se dirigían hacia él. Lo inscribimos en la mejor escuela que nuestro dinero podía pagar. Trabajábamos doble para comprar libros, uniforme, útiles escolares. Cuando pasó el examen para administración en la universidad, fue el día más feliz de mi vida, el primero de la familia en entrar a una universidad. Lloré a escondidas de tanta emoción. Para costear su universidad, vendí el ranchito que heredé de mi madre en Zapotlanejo, tierra buena que podría haber sido mi jubilación, pero no me arrepentí.
“El conocimiento es lo único que nadie te puede quitar”, le decía. Esperanza tomaba trabajos extras de costura por las noches, aunque ya tuviera la vista cansada. Todo por él, nuestro mayor tesoro. Además de la casa donde vivíamos, logré comprar a lo largo de los años una casita sencilla en Puerto Vallarta que rentaba para complementar los ingresos. Era nuestro guardadito, nuestra garantía para la vejez. Lo conseguí con mucho trabajo, ahorrando peso por peso, privándonos de muchos gustos inmediatos pensando en el futuro.
Cuando Daniel se tituló, creí que nuestra misión estaba cumplida. Encontró trabajo en una empresa de contabilidad, conoció a Rafaela, se casó. Al principio nos visitaban todos los domingos, comíamos juntos, platicábamos sobre la semana, pero poco a poco las visitas se fueron espaciando. Su trabajo se puso más exigente, decían. Los compromisos con la familia de ella tomaban tiempo. Yo entendía o creía que entendía.
Cuando nació Juana, nuestra nietecita, el brillo volvió a nuestra casa. Esperanza se derretía de amor por la niña, le hacía ropita, tejía chamarras, cocinaba dulces. Yo hice una casita de muñecas en el patio con todo el esmero de un maestro albañil experimentado. La pinté de rosa y blanco, le puse ventanitas de verdad, una terraza pequeñita. A Juana le encantaba.
Fue por esa época que empecé a notar cambios en Daniel. Estaba más distante, impaciente. Parecía que nuestra compañía lo molestaba. Rafaela entonces casi no disimulaba el disgusto cuando venía a nuestra casa. Hacía caras a la comida de Esperanza, criticaba la decoración sencilla, suspiraba cuando yo contaba historias de mis tiempos de juventud. Todo empeoró cuando Esperanza se enfermó. Su corazón, siempre tan grande de amor, empezó a fallar. Consultas, medicinas, internamientos.
Luchamos dos años contra esa enfermedad. Daniel aparecía de vez en cuando, siempre apurado. Rafaela casi nunca. Solo Juana, con sus 10 años en esa época, traía luz a los días oscuros, sentándose al lado de la cama de la abuela, leyendo cuentos, contando sobre la escuela. Cuando Esperanza partió una mañana de domingo hace 5 años, sentí como si me arrancaran la mitad. 50 años de compañerismo terminados en un último suspiro suave.
Daniel organizó un velorio rápido, sin mucha ceremonia. “Papá, la vida continúa”, me dijo mientras yo aún lloraba sobre el ataúd. Esa noche volví a casa vacía y por primera vez me sentí verdaderamente solo. Algunos meses después, Daniel sugirió que vendiera la casa de Puerto Vallarta. “¿Para qué mantener eso, papá? Da trabajo, hay que pagar predial. Usted puede invertir el dinero”. Acepté pensando que estaba preocupado por mi bienestar.
Vendí la casa y puse el dinero en una inversión en el banco, como él sugirió. Poco después perdió el empleo. Dijo que la empresa estaba pasando por dificultades despidiendo personal. Luego vendió el departamento donde vivía con Rafaela y Juana y me pidió venir a vivir conmigo temporalmente. “Claro, hijo mío”, respondí feliz de tener a la familia cerca otra vez. Reformé la casa, adapté el cuarto que era mi estudio para Juana, cedí mi recámara para la pareja y pasé a dormir en un sofá cama en la salita de atrás.
No me importaba la incomodidad. La familia es para estas horas, pensé. Pero los meses fueron pasando y lo temporal se volvió permanente. Daniel no parecía muy empeñado en buscar trabajo. Pasaba los días viendo televisión, salía de noche, regresaba por la tarde. Rafaela se quejaba de todo, de la comida que preparaba, de la limpieza que hacía, del ruido de mi tos matutina y, lo peor, me trataban como un intruso en mi propia casa.
Poco a poco fui perdiendo mi espacio. Ya no podía escuchar mi radiocito en la terraza porque molestaba. No podía recibir a mis amigos del dominó porque llenaban la casa de viejos. Mi jubilación, que antes era solo mía, se volvió contribución para los gastos de la casa, o sea, sustento para todos. Solo Juana, mi nietecita, ahora con 13 años, me trataba con cariño. Se sentaba conmigo en las tardes calurosas. Escuchaba mis historias sobre construcciones, sobre Esperanza, sobre los tiempos antiguos.
Sus ojos brillaban cuando yo hablaba, haciéndome sentir importante otra vez. Fue así como las cosas fueron cambiando en la casa que construí con mis propias manos. El respeto se fue saliendo por la puerta de atrás mientras la ingratitud se instalaba cómodamente en la sala. Yo aún no sabía, pero lo peor estaba por venir en ese miércoles que lo cambiaría todo.
Las cosas en casa venían empeorando desde hacía unos tres meses. Daniel empezó a salir más, regresaba oliendo a cerveza y Rafaela se pasaba el día entero en el celular, cuchicheando por los rincones. Los dos me trataban como si fuera un mueble viejo de la casa, uno que estorba el paso, pero que nadie tiene valor de tirar, al menos no todavía.
Ese día, un miércoles de calor del demonio, había pasado toda la mañana en el centro de la ciudad. Fui a cobrar mi jubilación al banco. Compré medicina para la presión en la farmacia de don Antonio y todavía pasé al mercado para traer unas frutas para Juana, que siempre le gustaron los mangos y tejocotes que yo escogía con cuidado. Cuando llegué a casa, cerca de las 2 de la tarde, me extrañó el silencio. Normalmente Rafaela estaría con esa televisión prendida en esos programas de chismes que tanto le gustaban.
Entré por la cocina como de costumbre, dejando las bolsas sobre la mesa. Fue cuando escuché voces que venían de la sala. Era Daniel platicando con Rafaela en tono bajo, casi conspirador. No acostumbro escuchar conversaciones ajenas. Mi finada Esperanza siempre decía que quien escucha detrás de la puerta escucha cosa que no le importa. Pero algo en el tono de voz de mi hijo me hizo detenerme ahí mismo, detrás de la puerta entreabierta de la cocina.
“¿Y qué quieres que haga?”, era la voz de Daniel, impaciente como siempre. “Es mi papá. No puedo simplemente echarlo de su propia casa”.
“Esta casa ya podría ser nuestra desde hace mucho tiempo”. La voz de Rafaela tenía un veneno que me helaba la sangre. “Tu papá tiene 76 años, Daniel. ¿Hasta cuándo vamos a vivir así en esta casa vieja que necesita remodelación? Con él ocupando espacio y gastando su jubilación en tonterías”.
Me quedé paralizado, con la respiración atorada en el pecho. Mi propio hijo y su esposa hablando de mí como si fuera un estorbo.
“La jubilación apenas alcanza para sus gastos, Rafaela. Las medicinas están caras”.
“Medicinas. Medicinas. Siempre está comprando más medicinas. ¿Y tú crees que necesita todo eso? Apuesto que la mitad es capricho de viejo que quiere atención”.
Sentí una punzada en el corazón. Las medicinas que tomaba todas estaban recetadas por el doctor Mauricio, que me atendía desde hacía más de 20 años. Presión alta, diabetes, problema de próstata, todo documentado, todo necesario para mantener este viejo cuerpo funcionando.
“¿Qué quieres que haga entonces?”, preguntó Daniel. Y podía imaginármelo pasándose la mano por el cabello, como hacía cuando estaba nervioso desde niño.