El silencio en el hangar no fue inmediato, fue como si el aire tardara unos segundos en entender lo que estaba ocurriendo.
L Ilarror no se movió.
Ni un paso atrás. Ni un gesto de rabia. Solo esa quietud peligrosa de quien ha aprendido a no reaccionar ante provocaciones pequeñas… porque sabe que no todas merecen respuesta.
—Repita eso —dijo finalmente, con una calma que ya no sonaba humana, sino entrenada.
El cabo Herrera sonrió, incómodo, pero insistió en su papel frente a los demás.
—Procedimiento estándar. Seguridad. Si no tiene nada que ocultar, no debería haber problema.
Uno de los técnicos rió otra vez, pero esta vez la risa murió rápido. Algo en el ambiente se había tensado de forma irreversible.l
El sargento primero dio un paso adelante, dudando.
—Cabo… quizá no es necesario llegar a eso.
Pero ya era tarde.
Porque Ilarror dejó lentamente la carpeta sobre una mesa metálica.
Y se quitó los guantes.
Uno por uno.
Con precisión quirúrgica.
Luego, sin prisa, giró ligeramente la cabeza hacia el costado, como si escuchara algo que los demás no podían oír.
—No están autorizados a dar ese tipo de órdenes —dijo.
Herrera frunció el ceño.
—Aquí todos obedecen protocolos de base—
—No —lo interrumpió ella.
Una sola palabra.
Corta.
Definitiva.L
El aire pareció enfriarse dentro del hangar, pese al calor del desierto.
Ilarror se giró.
Y comenzó a desabrochar el cierre del overol.
No con vergüenza.
No con duda.
Sino con la misma naturalidad con la que alguien muestra una credencial.