Santiago escuchaba cada historia con respeto. Nunca interrumpía, nunca cambiaba el tema. Poco a poco, la memoria de Mateo dejó de ser una sombra dolorosa en la casa y se convirtió en una luz suave, una presencia que no estorbaba a nadie.
Cuando llegó el día del parto, fue Doña Carmen quien me acompañó al hospital de Guadalajara. Santiago manejaba con las manos temblorosas, intentando aparentar calma. Lupita se quedó con una vecina, abrazando una muñeca y repitiendo que pronto tendría un hermanito.
El parto fue largo. Hubo momentos en que el miedo quiso apoderarse de mí, pero Doña Carmen no soltó mi mano.
—Respira, hija —me decía—. Tú puedes. No estás sola.
Y cuando el llanto del bebé llenó la sala, sentí que el mundo entero volvía a empezar.
Era un niño.
Santiago lo recibió con los ojos llenos de lágrimas. Doña Carmen lo miró como si tuviera miedo de tocarlo, hasta que la enfermera se lo puso en brazos.
Ella bajó la vista hacia aquel rostro pequeño y arrugado. Sus labios temblaron.
—Tiene la misma paz en la frente que Mateo cuando dormía de bebé —susurró.
Santiago me miró.