El sargento abrió la boca para detenerla… pero no le salió la voz.
El overol cayó hasta la cintura.
Y entonces lo vieron.
El tatuaje.
No era uno común. No era decorativo. No era militar en el sentido habitual.
Era un código.
Una insignia negra, geométrica, con marcas de identificación que solo existían en archivos sellados a nivel de defensa nacional. Una unidad que oficialmente no figuraba en ningún registro activo… ni pasivo.
La “Unidad 0-7 Silente”.
Un programa que no existía en papel.
Pero sí en resultados.
Y en consecuencias.
El silencio se volvió absoluto.
Herrera dio un paso atrás sin darse cuenta.
—Eso… eso es falso —susurró.
Ilarror lo miró por primera vez con algo parecido a lástima.
—Tocar ese tatuaje sin autorización es una falta que no aparece en tu manual —dijo—. Porque ese manual no fue escrito para personas como yo.
El sargento primero palideció.
—Señora… yo no tenía información de que usted—
—Nadie la tiene —respondió ella.
En ese instante, el sonido de botas firmes resonó desde la entrada del hangar.
Un grupo de oficiales entró sin anunciarse.
Y detrás de ellos, el comandante de la base.
Cuando vio a Ilarror, se detuvo en seco.
No por sorpresa.
Sino por reconocimiento.
Un reconocimiento que pesaba más que cualquier rango.
—Salgado… —murmuró.
El hangar entero entendió entonces que algo mucho más grande que una simple inspección estaba ocurriendo.
El comandante avanzó despacio.