Mi vida era rutinaria. Tranquila. Agotadora.
Noches largas en la oficina, viajes en autobús abarrotados de gente y un pequeño apartamento alquilado en un barrio donde todos sabían más de lo que debían.
Desde fuera, mi matrimonio con Mauricio parecía normal.
Llevábamos ocho años juntos. Sin hijos. Compartíamos gastos. Compartíamos espacio.
Pero poco a poco, dejamos de compartir nada más.
Primero fueron las noches en vela.
Luego las llamadas telefónicas que contestaba en el pasillo.
Luego su teléfono siempre boca abajo.
Las largas duchas en cuanto llegaba a casa.
Nada de eso era prueba suficiente.
Así que guardé silencio.
Como muchas mujeres, confundí la paciencia con el amor… y la rutina con la estabilidad.
Esa tarde, el minibús estaba lleno. Le cedí mi asiento a una anciana que llevaba bolsas y se apoyaba en un bastón.
Antes de bajar, me agarró la muñeca.
“Cuando tu marido te regale un collar, déjalo en un vaso de agua toda la noche”.
“No te fíes de lo que brilla”.
Quise preguntarle qué quería decir, pero ya se había ido.
Cuando llegué a casa, casi lo había olvidado.
A las 11:15 p.m., Mauricio entró sonriendo, algo que no le había visto en meses.
Llevaba una pequeña caja azul.
“Esto es para ti”, dijo.
Me quedé helada.
Mauricio no era de los que se detenían fácilmente.
Dentro de la caja había un collar de oro con un colgante en forma de lágrima.
Era precioso.