PARTE 1
La esposa que no existía
—No puede pasar, señora. La esposa del ingeniero y su hijo ya están en el salón.
La frase me dejó inmóvil frente a los elevadores privados de un hotel en Paseo de la Reforma. Afuera llovía sobre la Ciudad de México; adentro todo olía a flores caras, mármol y dinero.
Mi hija Camila, de siete años, me apretó la mano. Llevaba una caja decorada con lentejuelas. Dentro había una corbata de papel, una foto de los tres y una tarjeta: “Para el mejor papá del mundo”.
Yo había ido a sorprender a Sebastián.
Él aseguró que aquella noche tendría una cena con inversionistas y que no podía llevar acompañantes. Pero Camila llevaba una semana preparando su regalo porque su padre había faltado a la presentación de su escuela. Pensé que verlo unos minutos repararía su tristeza.
La mujer que bloqueaba el elevador era Mónica, su asistente. Vestía de negro y sonreía como si ya hubiera ensayado aquella humillación.
—Debe haber una confusión —dije—. Soy Elena, la esposa de Sebastián Fuentes.
—Usted es la mujer con la que vive en Coyoacán —respondió—. Su esposa oficial es Mariana Alcázar. Está arriba con Emiliano, el hijo que él sí reconoce ante los socios.
Camila levantó la cabeza.
—¿Papá tiene otro hijo?
Sentí que el aire desaparecía.
Mónica continuó:
—Hoy Sebastián anunciará la fusión que lo convertirá en presidente del grupo. La familia Alcázar puso el dinero y el apellido. Usted es una orientadora escolar con una niña que siempre le complica la agenda. Váyase antes de que llame a seguridad.
Algunos invitados se detuvieron a mirar. Nadie preguntó si estábamos bien. Solo observaron mi abrigo mojado, los zapatos baratos de Camila y su caja cubierta de diamantina como si nuestra presencia manchara el mármol.
Camila empezó a llorar en silencio.
Durante nueve años yo había soportado cenas canceladas, aniversarios olvidados, cuentas sin explicación y llamadas que Sebastián contestaba lejos de mí. Decía que la empresa estaba por quebrar, así que yo pagaba la renta, la escuela y hasta los medicamentos de su madre.
Nunca le dije toda la verdad.
Para él yo era Elena Reyes, hija de una enfermera de Toluca. Reyes era el apellido de mi madre.
Mi apellido paterno era Cárdenas.
Mi padre había fundado uno de los fondos de inversión más importantes del país. Mi hermano Julián administraba el fideicomiso familiar y dirigía un despacho que ninguna empresa quería enfrentar. Yo oculté mi origen porque deseaba saber si Sebastián podía amarme sin calcular el valor de mi apellido.
Mónica soltó una risa cuando saqué el teléfono.
—¿A quién va a llamar? ¿A la directora de su escuela?
Julián contestó de inmediato.
—Elena, ¿qué pasó?
Miré a mi hija temblando con su regalo.
—Sebastián está presentando a otra mujer como su esposa. Su asistente le dijo a Camila que él tiene una familia legítima.
Hubo un silencio largo.
—¿La niña escuchó todo?
—Sí.
La voz de mi hermano se volvió fría.
—Entonces ya no voy a protegerlo por ti. Dime qué quieres hacer.
Miré las puertas doradas.
—Quiero subir. Quiero que mi hija le entregue su regalo. Y después quiero que todos sepan quién es realmente Sebastián Fuentes.
Mónica dejó de sonreír.
Y nadie en aquel vestíbulo podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.