PARTE 2
La firma que nunca hice
—No subas sola —ordenó Julián—. El operativo ya está listo, pero todavía falta tu autorización para revelar ciertos documentos.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué operativo?
—Hace cuatro meses detectamos movimientos irregulares en el fideicomiso que financia a Grupo Nexo. No te lo dije porque me pediste que no interviniera en tu matrimonio. Esta noche Sebastián piensa firmar una fusión usando bienes tuyos como garantía.
La vergüenza se convirtió en miedo.
—Yo no autoricé ninguna garantía.
—Lo sé. Por eso hay peritos, auditores y una orden judicial esperando. Quédate donde estás dos minutos.
Mónica fingió revisar su tableta, pero sus manos temblaban. Entonces apareció el gerente del hotel acompañado por dos elementos de seguridad.
—Señora Cárdenas Reyes —dijo con respeto—, lamentamos profundamente lo ocurrido. El elevador está a su disposición.
Mónica palideció.
—Ella se apellida Reyes.
—También —respondí.
Tomé a Camila en brazos. Dentro del elevador, ella apoyó la frente en mi hombro.
—Mamá, ¿papá nos escondió porque somos pobres?
Tuve que tragar saliva antes de contestar.
—No somos pobres, mi vida. Pero aunque lo fuéramos, nadie tendría derecho a avergonzarse de nosotras.
El salón del piso treinta parecía una escena de revista: orquídeas blancas, lámparas de cristal, músicos tocando en vivo y una pantalla enorme con el logotipo de Grupo Nexo. Había reporteros financieros, políticos, empresarios y fotógrafos.
En el centro estaba Sebastián.
Llevaba un esmoquin azul oscuro y una sonrisa que yo no veía en casa desde hacía años. A su derecha estaba Mariana Alcázar, con un vestido rojo y un collar de esmeraldas. A su izquierda, un niño de unos diez años sujetaba su mano.
Sebastián levantó una copa.
—Esta fusión no solo representa crecimiento. Representa el legado que Mariana, Emiliano y yo construiremos como familia.
Los aplausos llenaron el salón.
Camila se aferró a mí.
Yo avancé entre las mesas.
El murmullo empezó cuando alguien me reconoció como la mujer de las pocas fotografías domésticas que Sebastián nunca publicaba. Su madre, Teresa, fue la primera en levantarse.
—¿Qué haces aquí? —susurró con furia—. Te pedimos que no vinieras.
—No me pidieron nada. Me mintieron.
Sebastián me vio. Su rostro perdió el color.
—Elena, podemos hablar abajo.
Camila se soltó de mi mano. Caminó hasta la mesa principal y colocó la caja frente a él.
—Te hice esto, papá —dijo—. Pero la señora de abajo dijo que Emiliano es el hijo que sí quieres.
Nadie respiró.
Sebastián miró primero a las cámaras, luego a los inversionistas y al final a su hija.
—No es momento para berrinches, Camila.
Aquella frase destruyó lo último que yo intentaba salvar.
Mariana frunció el ceño.
—Sebastián, me dijiste que esa niña era hija de una exnovia conflictiva.
—Cállate —murmuró él.
En ese instante recibí un mensaje de Julián: “Mira la pantalla. Página 17 del contrato”.
Sobre el escenario, un abogado proyectó el documento de la fusión. En la página señalada aparecía una garantía por ciento veinte millones de pesos, respaldada por el Fideicomiso Cárdenas.
Abajo estaba mi nombre completo.
Y junto a él, una firma casi idéntica a la mía.
Sentí un frío profundo.
Sebastián no solo me había escondido. Había falsificado mi autorización para hipotecar el patrimonio que mi padre dejó a Camila y a mí.
Las puertas del salón se cerraron. La música se detuvo. La pantalla quedó en negro.
Sebastián dio un paso hacia mí, pero ya era demasiado tarde.
Porque cuando las puertas volvieron a abrirse, entró la única persona a la que él jamás habría querido ver esa noche.