PARTE 2
A la mañana siguiente, Diego despertó de excelente humor.
—Buenos días, señora de Ríos —dijo, besándole la mejilla—. ¿Pedimos desayuno? Quiero hablar contigo de nuestro futuro.
Mariana ya sabía qué significaba “futuro” para él.
—Claro. ¿Qué tienes en mente?
Diego se sentó en la orilla de la cama, como si hubiera ensayado el discurso.
—Tu papá me dijo que el lunes puedo ir a la oficina. Creo que, si me da acceso a ciertos documentos, podría ayudarle a mejorar proveedores, costos, cuentas…
—¿Documentos financieros?
—Pues sí. Ya soy parte de la familia, ¿no?
Mariana sintió asco, pero sonrió.
—Voy a hablar con él.
Mientras Diego bajaba al estacionamiento para hacer una llamada, Mariana llamó a Camila.
—Dime.
—Mariana, Diego no debe seis millones. Debe casi nueve. A prestamistas, casinos clandestinos y gente muy pesada de Tonalá.
Mariana cerró los ojos.
—¿Qué más?
—Lo corrieron hace ocho meses de un despacho contable por desviar dinero. Y no eres la primera. Intentó comprometerse con dos mujeres de familias con dinero. Una en Querétaro y otra en León. En ambos casos, los papás sospecharon y lo echaron.
Mariana sintió náuseas.
—Entonces era su método.
—Sí. Se enamora de la hija, se gana al papá, entra al negocio y luego desaparece con dinero.
Cuando colgó, Mariana ya no tenía dudas. Diego no era un hombre desesperado que había cometido un error. Era un estafador.
Ese mismo día fue a ver a su papá. Lo encontró en la oficina principal, revisando facturas.
—Papá, necesito contarte algo, pero tienes que escucharme completo.
Don Ernesto levantó la mirada.
Mariana le contó todo: la conversación en la iglesia, las deudas, las otras familias. Su padre se quedó pálido. Luego apretó los puños con rabia.
—Lo voy a sacar de tu vida hoy mismo.
—No, papá.
—¿Cómo que no?
—Si lo corremos, va a buscar otra víctima. Necesitamos pruebas. Que intente robar. Que quede claro ante la ley.
Don Ernesto la miró como si no reconociera a su hija.
—Eso es peligroso.
—Más peligroso es dejarlo libre.
Después de una larga discusión, aceptó ayudarla. Camila prepararía la parte legal. Don Ernesto controlaría cada movimiento de la empresa. Mariana seguiría fingiendo ser la esposa enamorada.
Esa noche, Diego llegó alterado. Había recibido llamadas de sus acreedores.
—Amor —dijo, con voz quebrada—, tengo unas deudas pequeñas. Nada grave. Pero necesito liquidarlas para estar tranquilo.
—¿Cuánto?
—Como… ciento cincuenta mil pesos.
Mariana casi se rió. Debía millones y pedía “poquito” para probarla.
—Mañana te los transfiero.
Diego la abrazó con fuerza.
—Sabía que no me había equivocado contigo.
—No —respondió ella—. Te aseguro que no te equivocaste.
Al día siguiente, Mariana transfirió el dinero desde su cuenta personal. Diego lloró de alivio. Eso lo hizo confiar más.
Tres días después, él ya estaba presionando.
—Tu papá es muy cerrado. No me deja ver cuentas importantes. Así no puedo ayudar.
—Dale tiempo.
—No tengo tiempo, Mariana.
La frase se le escapó.
Ella fingió preocupación.
—¿Te están presionando?
Diego se quedó callado.
—Un poco.
—Entonces quizá papá pueda prestarnos más. Pero tendría que salir de la cuenta de la empresa. Es más fácil justificarlo como adelanto para un proyecto.
Diego la miró con ambición.
—¿Crees que acepte?
—Si yo se lo pido, sí. Pero necesitarías firmar tú el movimiento. Así papá ve que estás tomando responsabilidad.
Diego dudó apenas un segundo.
La desesperación pudo más que la prudencia.
—Sí. Claro. Yo puedo hacerlo.
Mariana llamó a su padre frente a él.
—Papá, Diego necesita mover dinero para resolver un asunto urgente. ¿Podrías autorizarle una transferencia como parte del nuevo proyecto?
Don Ernesto actuó perfecto.
—Está bien. Pero que él la haga desde la cuenta corporativa y me mande el comprobante.
Diego sonrió como si acabaran de abrirle una puerta al cielo.
Esa tarde, Mariana se fue a una cafetería con Camila. Esperaron en silencio, mirando el celular.
A las 5:17, llegó el mensaje de don Ernesto:
“Ya lo hizo. Transfirió 800 mil pesos a su cuenta personal. Tengo capturas, autorización, registro de IP y video de seguridad.”
Camila tomó la mano de Mariana.
—Ya está.
Pero justo entonces entró una llamada de Diego.
Mariana contestó.
—¿Dónde estás? —preguntó él, con voz rara.
—Con Camila. ¿Por?
—Tu papá acaba de entrar con dos policías. Dime que esto no fue una trampa, Mariana.
Ella no respondió.
Del otro lado se escuchó ruido, gritos, una silla arrastrándose.
—¡Mariana! ¡Contéstame!
Y la llamada se cortó justo antes de que toda la verdad saliera a la luz.