PARTE 1
“Me caso con Mariana hoy, y en menos de un mes su papá me va a firmar todo.”
Mariana Salazar se quedó inmóvil detrás de la puerta entreabierta de la sacristía, con el velo temblándole sobre los hombros y el ramo de rosas blancas apretado contra el pecho. Afuera, en la iglesia del Carmen, en pleno centro de Guadalajara, ya sonaban los primeros acordes de la marcha nupcial.
La voz era de Diego, su prometido.
—¿Estás seguro de lo que haces, güey? —preguntó Bruno, su mejor amigo.
—Segurísimo —respondió Diego, con una risa baja—. Mariana está loca por mí. Después de la boda, su papá me va a meter a la empresa. Y cuando tenga el poder para firmar, saco dinero, vendo un terreno y pago lo que debo.
A Mariana se le heló la sangre.
Su papá, don Ernesto Salazar, había levantado desde cero una cadena de refaccionarias en Jalisco. No era millonario de revista, pero sí un hombre trabajador, respetado, de esos que todavía saludaban de mano a sus empleados.
—¿Y si ella se da cuenta? —dijo otro amigo.
—¿Mariana? Por favor. Cree que soy el amor de su vida. Es buena, confiada… demasiado confiada.
Las risas le atravesaron el pecho.
—Además, debo casi seis millones de pesos. Si no pago, esa gente me va a encontrar. Esta boda es mi salida.
Mariana sintió que las piernas le fallaban. Tres años de relación. Tres años creyendo en sus flores, sus mensajes, sus promesas de una casa con jardín y dos hijos. Todo había sido una actuación.
Quiso abrir la puerta, gritarle enfrente de todos que era un miserable. Pero entonces escuchó algo peor.
—¿Y después qué? —preguntó Bruno—. ¿Te quedas con ella?
—Un rato. Hasta asegurarme. Luego digo que el matrimonio no funcionó. Las mujeres lloran, hacen drama y luego se les pasa.
Mariana se tapó la boca para no soltar un sollozo.
En ese instante entró un mensaje de su hermana menor, Camila:
“¿Dónde estás? Papá ya te está esperando.”
Mariana miró su reflejo en el espejo. El vestido que su mamá había elegido con lágrimas. El velo de su abuela. El maquillaje perfecto. Todo para casarse con un hombre que la veía como una llave para abrir la caja fuerte de su familia.
Respiró hondo.
No iba a cancelar la boda.
No ahí. No así.
Diego quería una novia ingenua, enamorada y obediente. Eso tendría.
Cuando salió de la sacristía, todos se pusieron de pie. Don Ernesto la esperaba al inicio del pasillo con los ojos húmedos.
—Mi niña… estás preciosa.
Mariana le tomó el brazo y sonrió, aunque por dentro sentía que caminaba hacia una trampa.
Diego la esperaba en el altar con una sonrisa impecable. Le apretó la mano.
—Te ves hermosa —susurró.
Mariana también sonrió.
—Gracias, amor.
Durante la ceremonia, el padre habló de amor, respeto y honestidad. Mariana casi se rió. Diego dijo “acepto” con voz firme. Ella también lo dijo, sintiendo que cada palabra le quemaba la garganta.
En la recepción, en una hacienda elegante a las afueras de Zapopan, Diego actuó como el esposo perfecto. Abrazó a su suegro, besó la frente de Mariana, brindó con los invitados y habló de “familia”, “futuro” y “trabajo en equipo”.
—Don Ernesto —dijo frente a todos, con micrófono en mano—, gracias por recibirme como un hijo. Prometo cuidar a Mariana y aprender de usted para aportar al negocio familiar.
Los invitados aplaudieron.
Mariana vio a Bruno bajar la mirada. Él sabía. Y aun así estaba ahí, brindando.
Más tarde, mientras todos bailaban banda y tomaban tequila, Diego la tomó de la cintura.
—Hoy empieza nuestra vida, esposa.
—Sí —respondió ella—. Hoy empieza algo que jamás vas a olvidar.
Diego frunció el ceño, pero antes de preguntar, Camila apareció.
—Hermana, ¿estás bien? Te noto rara.
Mariana la abrazó fuerte.
—Necesito que investigues a Diego. Deudas, demandas, todo. Pero sin decirle a nadie.
Camila, estudiante de derecho, abrió los ojos.
—¿Qué pasó?
—Luego te explico. Solo confía en mí.
Esa noche, al llegar a la suite nupcial, Diego intentó besarla. Mariana se apartó con suavidad.
—Estoy agotada. Mañana hablamos de nuestros planes.
Él apretó la mandíbula, molesto, pero fingió comprensión.
Mientras Diego se metía a bañar, Mariana recibió otro mensaje de Camila:
“Encontré algo. Y no te va a gustar.”
Mariana miró la puerta del baño cerrada y sintió un escalofrío.
No podía creer lo que estaba por pasar…