—Mamá… —su voz sonó como un hilo quebrado, mucho más madura de lo que recordaba—. No debiste mirar ahí.
—¿Por qué no me lo dijiste, Din? —pregunté, esforzándome por mantener la voz firme a pesar de las lágrimas que me nublaban la vista—. ¿Por qué te guardaste esto tú solo durante todo un año? Pudimos haber ido a otra comisaría, pudimos haber hecho algo.
Din cerró la puerta a sus espaldas con cuidado y pasó el pestillo, un gesto que delataba el nivel de paranoia en el que había estado viviendo. Se dejó caer de rodillas frente a mí, recogiendo la nota que su hermana le había dejado.
—Tenía miedo, mamá —confesó, y por primera vez en un año, vi lágrimas correr por sus mejillas—. El día que Emily desapareció, Leo vino a la casa antes de que llamáramos a la policía. Me llevó al patio trasero y me mostró un mensaje en su teléfono. Era una foto de ti saliendo del trabajo. Me dijo que si abría la boca o si la policía empezaba a hacer preguntas incómodas sobre él, tú sufrirías un accidente. Encontré el diario de Emily tres días después, escondido detrás de los libros de su estante, tal como ella me había sugerido en un código que usábamos de niños. Cuando leí la nota, comprendí que Leo no estaba jugando. Él la borró del mapa, mamá. Y si yo hablaba, te perdería a ti también.
El dolor en las palabras de mi hijo me atravesó el alma. Me incliné hacia adelante y lo rodeé con mis brazos, pegando su cabeza a mi pecho. Lloramos juntos en silencio, un llanto acumulado por trescientos sesenta y cinco días de sospechas, misterios y una ausencia que nos había roto la vida.
Mientras lo abrazaba, mi mente comenzó a trabajar a una velocidad vertiginosa. El diario seguía ahí, intacto. Las pruebas que Emily había recolectado con tanto esmero antes de su desaparición estaban al alcance de mi mano. Leo pensaba que había cometido el crimen perfecto, que su fachada de chico bueno y colaborador lo mantendría a salvo para siempre. Pero no contaba con la astucia de Emily ni con el hecho de que el secreto finalmente saldría a la luz.