La habitación pareció dar vueltas. La nota cayó de mis manos directamente sobre la alfombra. Un año entero. Doce meses malditos en los que Leo se había sentado en nuestra sala, bebiendo nuestro café, consolándome mientras yo lloraba por la pérdida de mi hija, pretendiendo ser el novio devastado que colaboraba en las brigadas de búsqueda. Y todo ese tiempo, mi hijo Din, el gemelo de Emily, cargaba con un secreto tan pesado que lo había consumido por completo, transformándolo de un adolescente alegre en un fantasma silencioso que apenas cruzaba palabra con el mundo.
Entendí entonces su aislamiento. No era solo el dolor de perder a su otra mitad; era el terror absoluto. Din había estado protegiéndome. Había guardado el diario bajo su cama, temiendo que si Leo se enteraba de que la verdad seguía flotando en alguna parte, regresaría para terminar lo que empezó.
Escuché el sonido de la puerta principal al abrirse abajo. Un par de pasos pesados arrastrándose por el vestíbulo me indicaron que Din acababa de regresar de la escuela. Mi primer impulso fue gritar, salir corriendo por el pasillo y abrazarlo, pero el miedo me contuvo. Tenía que ser inteligente. Si Leo realmente tenía conexiones y vigilaba a nuestra familia, cualquier movimiento en falso podría poner en peligro la vida de mi único hijo varón.
Escuché los pasos de Din subir las escaleras de madera. Eran lentos, apagados, carentes de la energía que solía tener antes de aquella fatídica noche. Cuando la puerta de su habitación se abrió por completo, él se detuvo en seco en el umbral. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver la bolsa plástica negra sobre su cama, el diario descubierto y la nota desplegada en el suelo. Su mochila resbaló de su hombro, cayendo con un golpe seco contra el suelo.
Durante unos segundos larguísimos, ninguno de los dos dijo nada. El rostro de Din pasó de la palidez extrema a una expresión de puro pánico, mezclada con una profunda resignación.