Lupita tragó saliva. Estaba pálida, pero no retrocedió.
—Desde el martes. Brenda dejó caer una copa y sus pupilas reaccionaron antes del sonido. Un ciego reacciona al golpe. Usted reaccionó al movimiento.
Leonardo se puso de pie. Toda la imagen del hombre roto desapareció.
—¿Por qué me ayuda?
Lupita apretó el micrófono entre sus manos.
—Porque Damián y Doña Águeda planean algo. Ayer los escuché. Van a apagar las cámaras el viernes a la una cuarenta y cinco de la mañana. Dijeron que los hermanos Morozov ya estaban impacientes.
Leonardo endureció la mandíbula. Los Morozov. Los mismos que habían ordenado el ataque en Polanco.
—¿Y por qué no aceptó dinero por callarse? —preguntó él—. Usted tiene deudas. Su madre está enferma.
A Lupita se le humedecieron los ojos, pero su voz no tembló.
—Mi madre me enseñó a no vender el alma. Usted será un hombre duro, don Leonardo, pero paga el seguro médico del personal. Mantuvo al jardinero en nómina después de su derrame. Damián patea a los perros de la propiedad y humilla a quien no puede defenderse. Yo no traiciono a quien protege a los suyos.
Leonardo la miró como si la viera por primera vez. En aquella mujer cansada, ignorada y despreciada por todos, había más honor que en sus hombres armados.
—Desde ahora —dijo él—, usted será mis ojos.
—¿Y qué hará usted?
Leonardo sonrió apenas.
—Dejaré que los traidores caven su tumba.
PARTE 3: LA NOCHE EN QUE LA EMPLEADA CAMBIÓ EL IMPERIO
La noche del ataque llegó antes de lo esperado.
A las once, Lupita escuchó a Doña Águeda en el vestíbulo.
—La cámara trasera entrará en mantenimiento a la una cuarenta y cinco. Los guardias de turno son de Damián. Y ya puse el sedante en el té del patrón.
Damián sonrió.
—Para cuando los Morozov entren, el ciego estará dormido.
Lupita sintió que el corazón se le subía a la garganta. Esperó a que Damián saliera y corrió por la escalera de servicio hasta el despacho. Entró sin tocar.
Leonardo estaba de pie, sin bastón, sin lentes, cargando una pistola con calma.
—Adelantaron todo —dijo Lupita, jadeando—. Esta noche. A la una cuarenta y cinco. Le pusieron algo al té.
—No lo bebí —respondió él.
—Lo sé. Tiré esa taza y le llevé otra.
Leonardo la miró con una mezcla de sorpresa y orgullo.
—Brillante, Lupita.
Luego caminó hacia un librero, presionó un mecanismo oculto y la pared se abrió. Detrás había un cuarto blindado lleno de monitores, radios y controles de seguridad.
—Nadie sabe que esto existe —dijo él—. Usted entrará ahí. Tendrá las cámaras reales, no las que ellos van a manipular. Me dirá por dónde entran.
Lupita miró las pantallas. Su vida siempre había consistido en limpiar lo que otros ensuciaban. Esa noche, por primera vez, podía impedir que destruyeran algo.
Se sentó frente a los monitores.