—¡Alejandro, contéstame! —gritó Héctor desde el teléfono—. ¿Dónde está Mariana?
Alejandro salió corriendo del departamento sin zapatos.
Ni siquiera tomó las llaves del coche al primer intento. Se le cayeron dos veces. Sus dedos no le obedecían. El pasillo del edificio parecía interminable, como si cada paso lo castigara con el recuerdo de mi voz.
Cuando llegó al lobby, vio patrullas, paramédicos y vecinos amontonados junto a la entrada lateral del edificio.
Una mujer lloraba.
Un guardia hablaba por radio.
Alguien decía:
—Está viva… está viva, pero no se mueve.
Alejandro empujó a la gente hasta llegar al cordón de seguridad.
Y ahí me vio.
Sobre una camilla.
Empapada.
Próxima