PARTE 2
Rosario esperó hasta que la casa quedó en silencio. Bajó descalza por el pasillo, sin encender luces, con un destapador viejo escondido en la manga del suéter. Conocía cada crujido de esa mansión: el escalón flojo, la vitrina de porcelana, el retrato donde Manuel abrazaba a Andrés y Julián cuando eran niños. Qué cruel puede ser una fotografía. Guarda sonrisas que ya no existen y las cuelga en la pared como si fueran pruebas de amor. En la sala, el ataúd estaba rodeado de flores marchitas. Rosario se acercó y susurró: —Manuel. Primero no pasó nada. Luego sonó un golpe débil desde adentro. Ella apretó los dientes para no gritar. Forzó los seguros con manos temblorosas hasta que la tapa cedió apenas. Un olor químico salió de golpe. Manuel estaba helado, pálido, con los labios secos, pero respiraba. —Chayo… —murmuró, casi sin voz. Rosario quiso sacarlo de inmediato, llamar a la policía, despertar a los vecinos, romper el mundo entero. Pero Manuel le apretó los dedos. —No hagas ruido. Ellos están escuchando todo. —¿Qué te hicieron? —Rivas les dio algo para bajar el pulso. Parecía infarto. Querían cremarme antes de que alguien pidiera autopsia. Rosario sintió que el estómago se le volvía piedra. —Tus hijos… Manuel cerró los ojos. —Nuestros hijos. Los oí hablar hace 2 semanas. Andrés desvió dinero de la empresa. Julián firmó ventas falsas. Rivas recibió pagos. Salgado preparó documentos para declararte incapaz y quitarte la casa, las cuentas y la voz. Ella negó despacio, como si todavía pudiera salvar algo con la negación. —Julián no sería capaz. Manuel la miró con tristeza. —Julián tuvo miedo de perder la herencia. Y el miedo, cuando se junta con ambición, también mata. Rosario se tapó la boca. No lloraba por Manuel, porque Manuel seguía vivo. Lloraba por 2 hijos que parecían haber muerto por dentro. —Te saco de aquí ahora mismo. —No. Si aparezco vivo sin pruebas, dirán que te volviste loca y que tú abriste el ataúd por delirio. Necesitamos que se confíen. En mi estudio, detrás del cuadro de los volcanes, está la caja fuerte. La clave es el día que nos casamos. —14-08-80. —Ahí hay una memoria roja. Grabaciones, transferencias, mensajes. También está el contacto de Laura Cárdenas, mi abogada real. No Salgado. Nunca confié en ese tipo. Rosario tragó saliva. —¿Quién más sabe? —Eusebio. El chofer. Treinta y dos años manejando para esta familia y oyendo lo que todos dicen cuando creen que un chofer no existe. Un ruido en el piso de arriba los paralizó. Rosario bajó la tapa dejando una rendija oculta entre las flores. Julián entró a la sala con el celular en la mano. Se quedó mirando el ataúd. —Viejo terco —murmuró—. Si hubieras soltado todo antes, nadie habría tenido que llegar a esto. Grabó un audio: —Andrés, mamá está dormida. Mañana firma y se acaba. Cuando Julián se fue, Rosario volvió a abrir. Manuel tenía lágrimas en los ojos. —Lo perdimos, Chayo. —A los 2 —dijo ella. Subió al estudio, abrió la caja fuerte y tomó la memoria roja. También encontró una carta con su nombre y un sobre que decía: “Para Andrés y Julián, si algún día recuerdan quiénes fueron.” No lo abrió. Guardó el té en un frasco, envolvió la taza de café de Manuel y escondió la pastilla en una servilleta. A las 5:30, Eusebio tocó la puerta de servicio. Tenía 71 años, manos gruesas y mirada de hombre decente. —¿Está vivo? —preguntó. Rosario asintió. Eusebio se persignó. —Entonces apúrese, señora. Ya viene la funeraria. La llevó a una oficina discreta en la colonia Del Valle. Laura Cárdenas los esperaba con una perita química, un notario y contacto directo en la fiscalía. Rosario entregó todo. Laura escuchó sin interrumpir. —Usted va a regresar —dijo—. Ellos deben creer que sigue sola. Cuando le pidan firmar, exija hacerlo en el estudio de don Manuel. Las cámaras están encendidas. —¿Y Manuel? —Eusebio y un médico de confianza lo sacarán antes de que llegue el horno. Lo llevaremos a una clínica privada en Santa Fe. Usted solo aguante. Rosario regresó antes de las 7. Andrés la esperaba junto a la mesa del comedor, donde había carpetas, plumas y sellos. —¿Dónde estabas? —En el jardín. No podía respirar. Él la observó con sospecha. En ese momento entró el doctor Rivas, perfumado, impecable, con maletín negro. Detrás llegó Salgado, el abogado de la familia, sonriendo como si fuera a vender tranquilidad. —Doña Rosario —dijo—, vamos a hacer esto sencillo. Es por su bien. Rosario sintió ganas de vomitar. Por su bien. La frase favorita de quienes quieren quitarte la libertad sin parecer verdugos. Rivas se sentó frente a ella. —¿Ha visto cosas extrañas desde anoche? —Creo que vi a Manuel abrir los ojos. Andrés bajó la mirada con teatro. Julián suspiró. —Pobre mamá. Rivas escribió algo. —Delirio de duelo. Muy común. Rosario lo miró fijo. —¿También es común que el café de un muerto huela igual que el té que quieren darle a su viuda? La sala se quedó sin aire. Andrés apretó la mandíbula. —Firma, mamá. —Claro —dijo ella—. Pero en el estudio de Manuel. Quiero sentirlo cerca. Salgado miró a Andrés. Andrés dudó, luego asintió. En el estudio, Rosario se sentó en la silla de su esposo. Rivas puso una hoja frente a ella. —Primero firmará que acepta acompañamiento médico. Después la tutela familiar. —¿Tutela? —preguntó ella. —Un trámite humano —dijo Salgado. —¿Y si yo no quiero ser tratada como niña? Andrés golpeó la mesa. —Ya basta. Firma. Rosario tomó la pluma, respiró hondo y preguntó: —Doctor, cuando una medicina hace parecer muerto a un hombre vivo, ¿cuánto tarda en despertar antes de que lo metan al horno? La pluma de Rivas cayó al piso. Entonces la puerta se abrió.