Esta suma bastaría para saldar la deuda de Joaquín, restaurar la granja y permitirle conservarla durante muchos años.
Pero Joaquín no sabía luchar. Era viejo, débil y no tenía mucha suerte.
Entonces le dijo a Benedita lo que había visto en ella: no una mujer insignificante, sino una guerrera. Un poder que nadie había podido comprender, porque nadie le había dado jamás la oportunidad de usarlo.
Su propuesta fue clara: la entrenaría en secreto para el torneo. Si ganaba, compartiría el premio con ella. La mitad sería suya, es decir, 50 cuentas, suficientes para cubrir los gastos de envío y empezar de nuevo en otro lugar.
Benedita preguntó qué pasaría si perdía.
Joaquim respondió que perderían juntos. Perdió la quinta ronda. Podría venderlo. Pero al menos lo habrían intentado.
Ella no confiaba en él. Sin embargo, no tenía muchas otras opciones. Algo en la voz de Joaquim, un cansancio genuino y un dolor reconocible, la hizo pensar que tal vez decía la verdad.
Ella aceptó, con una simple amenaza:
“Lucharé. Pero si me traicionas, te mataré”.
El entrenamiento secreto de Benedita
Al día siguiente, Joaquim despertó a Benedita antes del amanecer. Lo condujo a un claro escondido, fuera de la vista, e improvisó un círculo con cuerdas atadas entre los árboles.
Trajo sacos de arena para golpear, trozos de madera para romper y viejos libros de artes marciales que había guardado desde su juventud. Él no sabía aplicar todas las técnicas, pero conocía la teoría: posturas, movimientos, esquivas y ataques.
Benedita aprendió rápido. Su fuerza era innata, pero también poseía instinto. Lo canalizaba con la rabia contenida de veintitrés años de violencia, cadenas, hambre y humillación.
Poco a poco, esa ira fue tomando forma. Ya no era una explosión ciega. Se convirtió en movimiento, precisión, energía controlada.
Todos los días, Benedita entrenaba cinco horas y luego volvía a trabajar en la granja para mantenerse en forma. Pasaron los meses. Su cuerpo se fortaleció, sus movimientos se volvieron más precisos, su postura más segura.
En septiembre, tres meses antes del torneo, Joaquim decidió ponerla a prueba. Se colocó frente a ella para un combate simulado.
La derribó en diez segundos.
Joaquim se levantó riendo, a pesar de la sangre en su boca, y dijo que estaba lista.
El Torneo de Diciembre
El torneo tuvo lugar durante la primera semana de diciembre. La villa del Barón de Araújo estaba decorada como para una celebración: faroles de colores, mesas puestas y música en vivo. En el centro, un círculo de madera atraía todas las miradas.
Eduarda de Araújo, la hija del barón, era observada desde la cabaña principal, vestida de rojo, con una mirada penetrante y aguda.
Cuando Joaquim llegó con Benedita, las risas estallaron de nuevo. Esta mujer, prácticamente comprada gratis, iba a enfrentarse a hombres entrenados. Nadie la tomaba en serio.
Sin embargo, Joaquim pagó la inscripción con sus últimos centavos.
El primer combate fue contra Benedita, un carnicero de Barra Mansa, un hombre de 120 kg con un cuello grueso y puños poderosos. El público había apostado por él.
Benedita entró descalza, con pantalones de lino y una camisa blanca atada a la cintura. Sin guantes, sin protección. Solo su cuerpo, su técnica y la furia de toda una vida.
El carnicero atacó. Ella esquivó el golpe, giró el cuerpo y le asestó un gancho en las costillas. El sonido de los huesos rompiéndose resonó. El hombre cayó de rodillas, sin poder respirar.
Victoria en cuarenta segundos.
La luchadora inesperada.
El otro oponente era un capoeirista de Recôncavo, rápido, ágil y peligroso. La rodeó, repitiendo golpes y patadas. Benedita recibía, observaba y buscaba su ritmo.
Cuando la encontró, se abalanzó hacia adelante como un lancero. Un golpe en la barbilla bastó para detenerlo.
El tercer combate fue más duro. Su oponente, un exsoldado de la Guerra de Pratak, era técnico, experimentado y despiadado. La lucha duró cuatro minutos. Él le rompió la nariz. Ella se rompió tres costillas y ganó por puntos.
En la final, el sol se ponía. Benedita sangraba y luchaba por mantenerse en pie, pero seguía allí.
Frente a ella estaba Tomás, un hombre imponente de 2,10 metros de altura y 150 kilos de peso, hijo de un traficante de personas. Había matado a seis hombres en combates clandestinos.
Eduarda de Araújo subió al ring y…
Le preguntó a Benedita si era valiente o estaba loca. Luego añadió que quería contratarla si ganaba.
Benedita escupió sangre al suelo y respondió:
“No estoy en venta”.
La batalla final
que Thomas libró con una fuerza abrumadora. Cada golpe parecía acabar con la pelea. Benedita esquivaba, respondía, pero el cansancio ralentizaba sus movimientos.
Durante el tercer ataque, Tomás la golpeó con un gancho que la estrelló contra las cuerdas. Cayó a la lona.
El público estalló en vítores.