—No querrás hacer esto, jefe —le advertí.
—¡Dispárale! —gritó Richard, alzando su bate y abalanzándose sobre mí.
Parte 4: El punto de inflexión
El tiempo se ralentiza en combate. Es un fenómeno que experimenté en Beirut, Moscú y Panamá. El cerebro procesa la información más rápido de lo que el cuerpo puede moverse.
Richard cargó. Tenía cuarenta años, medía un metro ochenta y estaba en buena forma. Yo tenía setenta y dos.
Pero Richard luchaba con furia. Yo luchaba con geometría.
Cuando el bate cayó, no me inmuté. Me puse de pie, moviéndome hacia la izquierda. El bate golpeó el reposabrazos de la silla.
Antes de que Richard pudiera levantarse, me coloqué en su posición defensiva. No usé la fuerza, solo la palanca. Le agarré la muñeca y el codo, retorciéndolos en direcciones opuestas.
Se oyó un crujido húmedo.
Richard aulló al soltar el bate. Cayó de rodillas, agarrándose el brazo roto.
Dos oficiales alzaron sus armas. ¡No te muevas! ¡Suéltala!
Dejé caer la manta de mi mano derecha. Levanté mi Glock 19.
No apuntaba a los oficiales. Apuntaba al techo.
¡Alto! —gruñí. No era la voz de una anciana. Era la voz del Comandante. La voz que ordenaba las redadas.
Los oficiales vacilaron. Estaban entrenados para lidiar con borrachos y disputas domésticas, no para esto.
—¿Quién eres? —susurró Miller, observando cómo sostenía el arma: los dedos índices, la postura perfecta, la mirada escrutadora.
—Me dijo que desapareciera o me enterraría —dije, mirando a Richard, que se retorcía en el suelo—. No sabía que durante treinta años yo había decidido quién iba a ser enterrado y quién sostenía la pala. Hoy sostengo ambas.