Hay adultos que no saben cargar sus heridas y terminan poniéndolas en los hombros de los hijos. Hay escuelas que prefieren cuidar apariencias antes que cuidar niños. Y hay padres, como yo, que creen estar presentes porque pagan cuentas, cuando en realidad llevan años llegando tarde al corazón de su familia.
Mi hija sobrevivió, pero no gracias al silencio. Sobrevivió porque alguien se atrevió a escucharlo romperse.
Y desde entonces, en mi casa, cuando Lucía dice “todo normal”, yo ya no me conformo con esa respuesta.