Volví a casa más temprano y me escondí detrás del sofá… fue entonces cuando vi a mi propio esposo poner veneno en mi almohada.

Gabriela Mendoza escuchó la llave girar en la cerradura con tanta suavidad que, durante unos segundos, creyó que aquel sonido formaba parte del sueño.

A sus 39 años, tenía una fiebre tan alta que sentía la piel arder. Esa tarde había salido antes de tiempo de la farmacia que heredó de su padre, ubicada cerca del Centro Histórico de Guadalajara. Marisa, su asistente, prácticamente la obligó a cerrar el negocio e irse a casa a descansar.

—Si sigues trabajando así, vas a terminar en el hospital —le advirtió.

Gabriela regresó al departamento donde vivía, en la colonia Providencia. Tomó un medicamento para bajar la fiebre y se recostó en el sofá, cubierta únicamente con una manta ligera.

Su esposo, Nicolás Siqueira, supuestamente estaba en Monterrey por un viaje de negocios. La noche anterior le había besado la frente y prometido llamarla en cuanto terminara una reunión con unos inversionistas.

Por eso, cuando escuchó que la puerta se abría, Gabriela no sintió alivio.

Sintió miedo.

Los pasos que avanzaban por el pasillo no eran los de un hombre feliz de volver a casa. Eran lentos, calculados, casi silenciosos.

Gabriela se deslizó con cuidado fuera del sofá y se escondió detrás del respaldo. A través de una pequeña rendija vio a Nicolás entrar sin encender ninguna luz.

No la llamó.

No preguntó cómo se sentía.

Fue directamente a la recámara.

Gabriela contuvo la respiración.

Desde su escondite, vio a su esposo sacar del bolsillo del saco un pequeño frasco oscuro. Nicolás entró a la habitación, destapó el recipiente y dejó caer varias gotas sobre su almohada.

Después acomodó cuidadosamente la funda, como si no hubiera pasado absolutamente nada.

La escena incluso podría haber parecido un gesto de cariño… si Gabriela no hubiera visto el frasco en sus manos.

Nicolás envolvió el objeto en un pañuelo, volvió a guardarlo y salió apresuradamente cuando su teléfono celular comenzó a vibrar.

En cuanto la puerta se cerró, Gabriela permaneció inmóvil durante varios segundos.

Luego se acercó lentamente a la ventana.

Una camioneta SUV gris estaba estacionada junto a la banqueta. Al volante había una mujer con lentes oscuros y un pañuelo cubriéndole parte del cabello.

Nicolás subió al vehículo.

Gabriela sintió que todo el cuerpo le temblaba.

Pero ya no era por la fiebre.

Se puso unos guantes de limpieza, retiró la funda de la almohada sin tocar la parte húmeda y la guardó dentro de dos bolsas herméticas.

Después llamó de inmediato a su mejor amiga, la doctora Renata Farías.

—No abras la bolsa ni intentes olerla —ordenó Renata con voz tensa—. Tráela al laboratorio de la clínica. Y, por el amor de Dios, no vuelvas a quedarte sola con él.

Gabriela también llamó a la abogada Patricia Couto, una vieja amiga de su padre y una de las pocas personas en quienes todavía confiaba plenamente.

—No enfrentes a Nicolás —le pidió Patricia—. Actúa como si no supieras nada. Si de verdad intentó hacerte daño, necesitamos pruebas. Una discusión solo serviría para ponerlo sobre aviso.

Los análisis confirmaron lo peor.

La funda de la almohada contenía una sustancia capaz de provocar una reacción respiratoria extremadamente grave en una persona con el historial de alergias de Gabriela.

Y Nicolás conocía perfectamente sus alergias.

Dos años antes había permanecido a su lado cuando un medicamento equivocado estuvo a punto de cerrarle la garganta y enviarla de urgencia al hospital.

Aquello no era una broma.

No era una amenaza para asustarla.

Era un intento de asesinato.

PARTE 2

Esa noche, Nicolás llamó desde el supuesto hotel donde decía hospedarse en Monterrey.

—¿Cómo te sientes?

—Mejor —mintió Gabriela—. Dormí unas horas en el sofá.

Del otro lado de la llamada hubo un silencio extraño.

—¿En el sofá? ¿Por qué no dormiste en la cama? Siempre dices que tu almohada te ayuda con el dolor de cuello.

Su preocupación sonó más a molestia que a cariño.

Después de colgar, Gabriela abrió la tableta que ambos utilizaban para pagar las cuentas de la casa. Una conversación apareció en la pantalla.

Era un chat entre Nicolás y su madre, Ofelia.

“Si ella se divorcia de ti, se queda con la farmacia, el departamento y todo lo que heredó. Pero si muere siendo tu esposa, habrá suficiente dinero para salvar a tu hermana.”

La respuesta de Nicolás hizo que el estómago de Gabriela se revolviera.

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