Volví a casa más temprano y me escondí detrás del sofá… fue entonces cuando vi a mi propio esposo poner veneno en mi almohada.

“Ya hice lo necesario.”

Durante los días siguientes, fingió no saber absolutamente nada.

En el bolsillo del saco de su esposo encontró el recibo de unos muebles entregados en un exclusivo fraccionamiento al poniente de Guadalajara.

Gabriela condujo hasta esa dirección.

Una mujer abrió la puerta usando una camisa de Nicolás.

—¿Quién es usted? —preguntó la mujer.

—Soy su esposa.

Valeria Ríos perdió el color del rostro.

Primero juró que Nicolás le había dicho que estaba divorciado. Después, al ver los mensajes que Gabriela le mostró, comenzó a llorar.

—Me dijo que pronto recibiría una herencia. También dijo que, en cuanto resolviera un “problema familiar”, compraríamos una casa juntos.

Gabriela la miró fijamente.

—Ese problema soy yo.

Sin decir una palabra más, Valeria entregó todas las conversaciones, fotografías y audios a la abogada Patricia Couto.

Dos días después, Paula, la hermana de Nicolás, llegó al departamento con el rostro lleno de moretones. Sus tres hijos esperaban dentro de un vehículo de aplicación.

Temblando, apenas podía hablar.

—Ramiro llegó borracho y dijo que muy pronto tendríamos dinero porque tú “no ibas a durar mucho”.

Se llevó las manos al rostro.

—Yo creía que mi mamá hablaba de un divorcio… Nunca imaginé que querían matarte.

A la mañana siguiente, Nicolás regresó con un enorme ramo de flores.

Gabriela ni siquiera abrió la puerta.

Horas más tarde apareció Ofelia, golpeando con fuerza y exigiendo que perdonara a su hijo.

—Solo quiso darte un susto.

Gabriela la observó sin apartar la mirada.

—¿Fue usted quien le dio la sustancia?

Ofelia guardó silencio durante varios segundos.

Luego atacó justo donde sabía que más podía lastimarla.

—Paula tiene tres hijos. Tú ni siquiera pudiste darle un hijo a Nicolás. ¿Qué te cuesta compartir todo lo que tienes?

Y, antes de que Gabriela pudiera reaccionar, le dio una bofetada.

El escándalo fue tan fuerte que un vecino llamó inmediatamente a la policía.

Esa misma tarde, Nicolás volvió una vez más.

Llevaba una bolsa de una tienda.

—Te compré una almohada especial. Quiero que empecemos de nuevo.

En cuanto abrió ligeramente la bolsa, Gabriela percibió el mismo olor químico.

Entregó la almohada al laboratorio.

Los resultados fueron contundentes.

Contenía exactamente la misma sustancia encontrada en la funda anterior, pero esta vez en una concentración mucho mayor.

Aquella noche, Nicolás permaneció sentado frente a la puerta del departamento.

Lloraba.

Suplicaba.

Pedía otra oportunidad.

Gabriela activó discretamente la grabadora de su teléfono.

—¿Fue tu mamá quien te dio la sustancia?

—Sí.

—¿La pusiste en mi almohada?

—Sí.

—¿Y regresaste hoy para terminar lo que empezaste?

Nicolás permaneció en silencio.

Durante varios segundos solo se escuchó su respiración agitada.

Finalmente, bajó la cabeza y susurró una frase que hizo que Gabriela comprendiera que el plan era mucho más grande de lo que había imaginado.

—Todavía no sabes nada del seguro.

PARTE 3

Gabriela permaneció detrás de la puerta, sujetando el teléfono con ambas manos.

—¿De qué seguro hablas, Nicolás?

Desde el pasillo, él respiró profundamente.

—Estaba endeudado… Mucho más de lo que imaginas.

—¿Qué seguro?

—Ocho millones de pesos.

Por un instante, Gabriela fue incapaz de responder.

Nicolás había contratado un seguro de vida a su nombre sin decirle absolutamente nada. Él aparecía como el beneficiario principal y Ofelia como la beneficiaria secundaria.

—Convertiste mi muerte en un negocio.

—Yo nunca quise que llegáramos a esto —sollozó—. Valeria me presionaba, mi mamá me exigía dinero, Paula necesitaba ayuda… Todos esperaban que yo resolviera sus problemas.

—Así que decidiste acabar con mi vida.

Don Armando, el vecino de enfrente, escuchó toda la confesión y llamó inmediatamente a la policía.

Cuando los agentes llegaron, Nicolás seguía sentado en el piso del pasillo.

Fue arrestado sin haber logrado entrar al departamento.

La investigación reveló un plan todavía más escalofriante.

El supuesto viaje a Monterrey jamás existió. Nicolás había rentado una habitación de hotel únicamente para hacer llamadas y aparentar que estaba fuera de Guadalajara. También había investigado reacciones alérgicas mortales y fotografiado todos los medicamentos que Gabriela utilizaba.

En los mensajes intercambiados con Ofelia, ambos calculaban cuánto dinero recibirían después de pagar las deudas una vez que el seguro de vida fuera cobrado.

Valeria entregó a las autoridades todas las conversaciones, fotografías y audios que tenía.

Cuando Nicolás descubrió que ella estaba colaborando con la investigación, intentó amenazarla.

Paula también decidió declarar en contra de su hermano y de su propia madre.

—Pasé toda mi vida creyendo que Gabriela nos debía algo solo porque tenía más que nosotros —confesó entre lágrimas—. Mi mamá convirtió la envidia en una obligación. Nos hizo creer que quitarle la paz era un acto de justicia.

Ofelia fue detenida pocos días después.

Mientras era escoltada por los policías, todavía intentó presentarse como la víctima.

—¡Todo lo hice por mis nietos! —gritó desesperadamente.

Gabriela la miró fijamente, sin levantar la voz.

—No. Usted lo hizo porque nunca soportó ver a una mujer que no podía controlar.

El juicio se prolongó durante varios meses.

Nicolás aseguró que había sido manipulado por su madre. Dijo que estaba desesperado y que jamás había sido capaz de imaginar a Gabriela muerta.

Pero la Fiscalía presentó el segundo cojín.

Presentó el falso viaje.

Las búsquedas sobre sustancias letales.

El seguro de vida.

Los mensajes.

Y la grabación realizada detrás de la puerta.

Nicolás no había renunciado después del primer intento.

Había regresado para terminar lo que había empezado.

El tribunal lo declaró culpable de tentativa de feminicidio, fraude y otros delitos relacionados con el plan criminal.

Ofelia también fue condenada por proporcionar la sustancia tóxica y participar activamente en la conspiración.

El día de la sentencia, ella suplicó:

—¡Gabriela! ¡Dime algo! ¡Tú también fuiste parte de esta familia!

Gabriela sintió un nudo en el pecho, pero no era compasión.

Durante años había intentado ganarse la aceptación de aquella mujer.

Había soportado comentarios crueles, comparaciones y humillaciones constantes.

Después de perder un embarazo, escuchó a Ofelia repetir una y otra vez que una mujer sin hijos no necesitaba patrimonio, una casa grande ni estabilidad.

Ahora por fin lo entendía.

Ofelia nunca quiso una nuera.

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