Volví a casa en mi hora de comida para cuidar a mi esposo “enfermo”… pero lo escuché planeando cómo quitarme la casa, vaciar mi cuenta bancaria y dejarme sin nada

PARTE 2: No regresé a la oficina.
Manejé directo al banco con las manos apretadas al volante y la voz de Alejandro repitiéndose en mi cabeza: “La escritura, la cuenta, los documentos.”
En la sucursal de Reforma, pedí hablar con la gerente. Me hicieron esperar veinte minutos que parecieron una vida. Cuando por fin entré a la oficina de la licenciada Patricia Gómez, apenas pude explicar lo que pasaba sin quebrarme.
Ella revisó el sistema.
Su rostro cambió.
“Señora Mariana… hay una transferencia internacional pendiente.”
Sentí que el piso desaparecía.
“¿De cuánto?”
Patricia giró la pantalla un poco, con cuidado, como si mostrarme el número pudiera lastimarme físicamente.
Era casi todo.
Los ahorros de años. La herencia de mi abuela. El dinero que Alejandro me convenció de meter a una cuenta conjunta porque, según él, así podríamos “invertir mejor”.
“Fue solicitada el lunes”, dijo Patricia. “Por ser una cantidad alta, todavía está en proceso. Se libera el viernes.”
Viernes.
Todo era verdad.
“¿A dónde iba?”
“A una empresa registrada en Panamá. Inversiones C.L.”
C.L.
Carolina.
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