Volví a casa en mi hora de comida para cuidar a mi esposo “enfermo”… pero lo escuché planeando cómo quitarme la casa, vaciar mi cuenta bancaria y dejarme sin nada
Sentí rabia, pero no lloré.
“Congélela.”
Patricia me miró seria.
“Necesitamos justificarlo.”
“Hay una autorización que yo no firmé.”
Revisaron el documento. La firma era mía, pero no era mía. Alguien la había copiado de una identificación vieja. Mi nombre estaba ahí, pero mi mano jamás había tocado ese papel.
Patricia llamó al área de fraudes.
La cuenta quedó bloqueada.
Después llamé a mi amiga Valeria Montes, abogada inmobiliaria, una mujer de esas que sonríen poco y ganan casi siempre.
“Necesito que revises si alguien ha movido mi casa”, le dije.
Hubo un silencio.
“¿Tu esposo?”
No respondí.
“Dame una hora”, dijo.
Me llamó cuarenta minutos después.
“Mariana, si estás manejando, estaciónate.”
Me orillé frente a una farmacia.
“Dime.”
“Alejandro presentó una cesión de derechos. Intentó pasar tu parte de la propiedad a su nombre.”
Cerré los ojos.
“¿Con mi firma?”
“Sí. Y con una notaria.”
“¿Quién?”
“Carolina Ledesma.”
No era solo la amante.
Era la notaria que estaba ayudándolo.
Valeria siguió hablando, pero yo apenas la escuchaba. Me dijo que había inconsistencias, que la fecha no cuadraba, que el documento podía impugnarse, que pediría una medida urgente para bloquear cualquier venta.
Pero lo único que yo veía era a Alejandro acostado en mi sillón, fingiendo tos, mientras robaba mi vida a plena luz del día.
Esa noche llegué a casa como si nada.
Alejandro estaba “mejorando”.
Se sentó a cenar conmigo por primera vez en tres días. Hasta se sirvió doble porción de chilaquiles que había dejado la señora Teresa, la muchacha que nos ayudaba dos veces por semana.
“Creo que mañana ya voy a poder salir”, dijo, como quien anuncia una bendición.
“Qué bueno, amor.”
Él me observó con cuidado.
“¿Todo bien en el trabajo?”
“Mucho pendiente, pero nada grave.”
Me dolía la mandíbula de tanto fingir.
Entonces dejó el vaso sobre la mesa y sonrió.
“Oye, mañana necesito que me firmes unos papeles del seguro. Es una renovación sencilla. Ya sabes, esas cosas aburridas.”
“Claro”, dije.
“Temprano, antes de que me vaya.”
“Claro.”
Su tranquilidad me dio asco.
Al subir a la recámara, esperé a que entrara al baño. Mientras abría la regadera, tomé su laptop del buró. Yo sabía la contraseña. O creí saberla.
No funcionó.
Probé su fecha de nacimiento. Nada.