PARTE 3
—¡Niños, súbanse a la camioneta! —gritó Mariana, con una voz que ya no sonaba elegante, sino desesperada.
Andrés se atravesó en la puerta de la cocina.
—Nadie se va.
Los niños aparecieron asustados. Diego, el mayor, tenía 10 años. Sofía, la chiquita, apenas 7. Venían abrazados, sin entender por qué de pronto la Navidad se había vuelto una pelea.
—Papá, ¿qué pasó? —preguntó Diego.
Andrés cerró los ojos un segundo, como si tragara piedras.
—Nada, hijo. Vayan a la sala con su hermana. No salgan.
—Andrés, no los metas en esto —dijo Mariana.
—Tú los metiste cuando robaste el dinero de su abuela.
La palabra “robaste” cayó como un plato estrellado.
Mariana se llevó una mano al pecho.
—No me hables así frente a tus hijos.
—¿Y cómo quieres que te hable? ¿Con respeto? ¿Como tú respetaste a mi madre mientras la dejabas pasar frío?
Yo quería desaparecer. No por vergüenza mía, sino por mis nietos. Una cosa es que una mujer vieja aguante una traición; otra es que unos niños vean derrumbarse la imagen de su mamá.
—Andrés —dije bajito—, por favor, que los niños no escuchen.
Él asintió, pero no dejó pasar a Mariana.
—Diego, Sofía, vayan al cuarto de la abuela. Hay una cobija sobre la cama. Cierren la puerta.
Mis nietos obedecieron. Sofía me miró antes de irse. Sus ojitos estaban llenos de miedo. Yo quise sonreírle, pero no me salió.
Cuando la puerta del cuarto se cerró, Andrés volvió a mirar a Mariana.
—Explícame.
Ella se secó una lágrima que todavía no caía.
—No fue como crees.
—Entonces dime cómo fue.
Mariana respiró fuerte.
—Yo administraba el dinero.
Andrés soltó una risa amarga.
—¿Administrabas?
—Tu mamá no necesita 50,000 pesos al mes. Vive sola, en una casa pagada, en un pueblo. ¿Para qué quería tanto?
Sentí que algo dentro de mí se apagaba.
—Para comer, mija —dije—. Para comprar gas. Para medicinas. Para no dormir con dos suéteres y un rebozo. Para arreglar la ventana que lleva meses tronando con el viento.
Mariana me miró con fastidio.
—Usted siempre exagera.
Andrés golpeó la mesa con la palma. La libreta del banco saltó.
—¡Mi mamá tiene 84 pesos en su cuenta!
Yo di un brinco. Nunca había visto a mi hijo así. No era violencia; era dolor desbordado.
Mariana bajó la voz.
—Andrés, entiende. Nosotros tenemos un nivel de vida. Tus socios, mis amigas, la escuela de los niños, los eventos… todo cuesta. Tú sabes perfectamente que tu imagen importa.
—¿Mi imagen?
—Sí. Tu imagen. La casa, la ropa, las vacaciones. No podíamos quedar como muertos de hambre solo porque tú te sentías culpable por tu mamá.
Él la miró como si no la reconociera.
—Yo no me sentía culpable. Yo quería cuidar a la mujer que me crió.
Mariana apretó los labios.
—La mujer que te crió también te amarró emocionalmente toda la vida. Siempre con su carita de sacrificio, siempre haciéndote sentir que le debes todo.
Yo sentí que mis rodillas flaqueaban.
—Yo nunca le pedí nada.
—Ese es el problema —dijo ella, señalándome—. No pide. Se queda callada. Y luego todos tienen que adivinar su sufrimiento. Eso también es manipulación.
Andrés se quedó quieto.
Luego habló con una calma que me dio miedo.
—¿Desde cuándo?
Mariana no respondió.
—¿Desde cuándo te quedas con el dinero?
Ella apartó la mirada.
—Desde febrero.
—Estamos en diciembre.
—Andrés…
—10 meses.
El número llenó la cocina.
10 meses de tortillas contadas. 10 meses de comprar media caja de pastillas en vez de la caja completa. 10 meses de apagar el foco temprano para ahorrar luz. 10 meses de decirle al padre Ernesto que “todavía tenía algo en la alacena” aunque no fuera cierto.
Andrés volvió a revisar el celular.
—Son 500,000 pesos.
Yo tuve que sentarme.
500,000 pesos.
Yo, que había partido una pastilla en 4 para que me durara más. Yo, que había comido pan duro remojado en café. Yo, que le decía a Dios: “No me dejes amanecer enferma porque no tengo para doctor”.
Mariana se cruzó de brazos.
—Te los puedo devolver.
Andrés la miró con asco.
—No entiendes nada.
—Claro que entiendo. Estás enojado. Se arregla. Te transfiero lo que falta y ya.
—¿Y ya?
—Sí. ¿Qué quieres? ¿Que me arrodille?
Yo cerré los ojos. No quería verla arrodillada. No quería venganza. Quería que mi hijo entendiera algo que yo misma había tardado años en entender: hay humillaciones que no se borran con dinero.
Andrés caminó hasta la sala. Pensé que se iba. Pero volvió con el marco de la foto familiar que estaba en mi repisa. La miró unos segundos.
—¿Sabes qué hice cuando me dijiste que mi mamá estaba bien? —le preguntó a Mariana—. Te creí.
Ella no contestó.
—Cada mes te preguntaba: “¿Ya le depositaste a mi mamá?” Y tú decías: “Sí, amor, no te preocupes.” Cuando yo quería venir, tú decías que a ella le daba pena recibirnos, que se cansaba mucho, que prefería estar tranquila.
Yo abrí los ojos.
—¿Qué?
Andrés volteó hacia mí, devastado.
—Mamá, yo pensé que tú no querías que viniéramos seguido. Mariana me decía que te sentías invadida, que los niños hacían mucho ruido, que después de cada visita te enfermabas.
Me llevé la mano a la boca.
—Yo esperaba sus llamadas todos los domingos.
Andrés se quebró ahí. No lloró fuerte. Solo se le dobló la cara, como cuando era niño y trataba de no soltar el llanto.
—Dios mío…
Mariana levantó la voz.