PARTE 1
—¿De verdad estás viviendo así, mamá, con los 50,000 pesos que Mariana te deposita cada mes?
La cuchara se me cayó dentro de la olla y el caldo de los frijoles salpicó la estufa. Por un segundo no escuché nada, ni el hervor, ni el viento que se metía por la ventana floja, ni la risa de mis nietos en la sala. Solo sentí que el piso de mi cocina se hundía bajo mis pies.
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Era Navidad.
Yo, doña Carmen Salazar, estaba calentando unos frijoles que me habían dado en la parroquia de San Judas, porque en mi casa no había ni carne, ni pollo, ni tortillas recién hechas. Esa mañana había barrido dos veces el piso de cemento, había limpiado los muebles viejos con un trapo húmedo y había puesto mi vestido azul de florecitas, el mismo que usaba para misa, porque mi hijo Andrés me había prometido que vendría desde Monterrey con su esposa y sus niños.
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Yo quería recibirlos con pozole, con tostadas, con agua de jamaica, como antes. Pero la verdad era otra: llevaba meses sobreviviendo con lo que el padre Ernesto me regalaba en despensas y con una pensión tan pequeña que se iba casi toda en medicinas para mis manos torcidas por la artritis.
La noche anterior, mientras medio México cenaba bacalao, pavo o tamales, yo me había sentado sola frente a mi arbolito seco, uno que ya parecía más recuerdo que adorno. En la repisa estaba la foto de Andrés, mi único hijo, con su traje caro, su reloj brillante, su esposa Mariana con joyas finas y mis dos nietos abrazados a ellos. Los miré tanto que casi les hablé.
Andrés no siempre fue distante. Antes, cuando estudiaba en Guadalajara, me llamaba todos los domingos a las 6. Me contaba sus exámenes, sus miedos, sus sueños. Yo le mandaba dinero aunque tuviera que vender empanadas afuera de la primaria o coser ajeno hasta la madrugada.
Cuando se casó con Mariana, todo cambió.
Ella venía de familia de empresarios, de esas mujeres que no levantan la voz porque no lo necesitan. Una vez, durante una visita, caminó por mi sala mirando mis muebles como si fueran basura.
—Con una remodeladita, suegra, esta casa no se vería tan triste —dijo, sonriendo sin verme a los ojos.
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Andrés no dijo nada. Se quedó comiendo mi pozole, callado.
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Desde entonces, sus llamadas se volvieron cortas. Luego escasas. Después, casi nada. Yo me decía que era normal, que tenía trabajo, hijos, compromisos, una vida importante. Me repetía que una madre no debía estorbar.
Aquella Navidad, cuando vi la camioneta negra detenerse frente a mi puerta, sentí que el corazón me volvía a latir como antes. Andrés bajó primero, elegante, perfumado, con chamarra de marca. Corrió a abrazarme.
—Mamá.
Ese abrazo me calentó más que cualquier cobija.
Mis nietos entraron gritando “abuela”, y yo casi lloré. Mariana bajó al final, impecable, con lentes oscuros aunque el cielo estaba nublado. Me dio un beso al aire.
—Hola, suegra.
Los pasé a la cocina porque era el único lugar donde la estufa daba un poco de calor. Andrés levantó la tapa de la olla.
—¿Frijoles? —preguntó, primero con una risa nerviosa—. ¿Eso vamos a comer en Navidad?
Yo bajé la mirada. Quise inventar algo, decir que era entrada, que el pozole venía después. Pero no pude.
Entonces él miró las paredes descarapeladas, la ventana tapada con cartón, mis manos rojas por el frío.
Y soltó aquella frase:
—Con los 50,000 pesos que Mariana te deposita cada mes, pensé que al menos tendrías calefacción.
Sentí que me faltaba aire.
—¿Qué dinero, mijo?
Andrés frunció el ceño.
—El dinero para tus gastos, mamá. El que te mando desde hace casi 1 año.
Negué despacio. Se me llenaron los ojos.
—A mí no me ha llegado ni un peso. Si no fuera por la parroquia, no tendría qué comer.
En ese instante, la puerta del baño se abrió.
Mariana estaba ahí, blanca como papel, mirándonos sin parpadear.
Y yo entendí que lo había escuchado todo.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…