Un padre entregó a su hija embarazada por una deuda: lo que el vaquero de la montaña le devolvió dejó atónito.

 

En ese instante, Camila sintió un dolor agudo que le partió la espalda. Soltó un gemido y se dobló sobre sí misma. Ezequiel la sostuvo antes de que cayera.

—¿Camila?

Ella apretó los dientes. Otro dolor llegó, más profundo, más brutal.

—El bebé… —susurró—. Ya viene.

Parte 3

La tormenta cayó sobre la sierra como si el cielo también hubiera decidido juzgar aquella noche. Ezequiel cargó a Camila hasta el cuarto del fondo mientras Renata lloraba y Regina corría a calentar agua, repitiendo lo que había visto hacer a las mujeres del rancho. Don Aurelio y sus hombres quedaron afuera, empapados por la lluvia, sin saber si marcharse o seguir fingiendo valor.

—Voy por la partera —dijo Ezequiel.

Camila le apretó la manga con fuerza.

—No me deje.

Él miró hacia la ventana, hacia el camino negro que bajaba al pueblo. Luego miró a las niñas. Renata tenía la cara llena de lágrimas. Regina sostenía una olla con ambas manos.

—No la voy a dejar —dijo.

Y no la dejó. Mandó a uno de los hombres de don Aurelio por la partera con una orden tan seca que nadie se atrevió a desobedecer. Después volvió junto a Camila.

Durante horas, la casa se llenó de gritos, rezos y agua caliente. Regina sostuvo la mano de Camila. Renata le limpió la frente con un trapo húmedo. Ezequiel se quedó al otro lado de la puerta, caminando de un lado a otro, con el rostro deshecho por un miedo que no sabía nombrar. Don Aurelio seguía bajo el alero, oyendo los gritos de su hija como quien escucha llegar una sentencia.

La partera, doña Meche, llegó antes del amanecer, cubierta de lodo y con el rebozo pegado al cuerpo. Entró sin saludar a nadie.

—Fuera los cobardes, dentro las mujeres que ayudan —ordenó.

Miró a Regina y Renata.

—Ustedes son valientes. Quédense si ella quiere.

Camila asintió entre lágrimas.

Cuando el sol empezó a teñir de oro los pinos, un llanto pequeño y poderoso rompió la madrugada.

Una niña.

Sana.

Roja de vida.

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