Un padre entregó a su hija embarazada por una deuda: lo que el vaquero de la montaña le devolvió dejó atónito.

 

—Yo solo vine a avisar. Don Aurelio está juntando gente. Dice que usted la mantiene encerrada.

—¿Encerrada? —Ezequiel miró a Camila—. Esta puerta está abierta desde el primer día. Ella se queda porque no tiene adónde ir, no porque yo la obligue.

Camila sintió que la garganta se le cerraba. Renata y Regina escuchaban desde el pasillo. Sus ojos estaban llenos de preguntas y miedo. Cuando el comandante se fue, Camila intentó levantarse de la silla.

—De verdad puedo irme. Buscaré trabajo en Durango, en una casa, en un lavadero…

—No —dijo Ezequiel, y luego corrigió el tono—. No mientras sea por miedo. Si un día se va porque quiere, yo mismo la llevo. Pero no voy a dejar que su padre la eche de otro lugar con mentiras.

Esa noche nadie cenó con tranquilidad. Afuera, el viento golpeaba las ventanas. Las niñas se pegaron a Camila como si temieran que al amanecer ya no estuviera. Regina, que casi nunca pedía nada, se sentó junto a ella y apoyó la cabeza en su brazo.

—No se vaya —susurró.

Camila le acarició el cabello con los dedos temblorosos.

—No quiero irme.

Al día siguiente, los rumores llegaron antes que el sol. Un arriero se negó a venderles maíz. Una vecina dejó de saludar a las niñas en el camino. En la tienda del pueblo, alguien escupió al suelo cuando escuchó el nombre de Ezequiel.

Él aguantó en silencio hasta que don Aurelio cruzó el límite.

Fue una tarde helada. Camila estaba tendiendo ropa cuando vio a su padre aparecer en el camino con 4 hombres detrás. Venían montados, levantando polvo, con esa valentía falsa que dan los testigos. Renata gritó desde el corral. Regina corrió hacia la casa.

Ezequiel salió del granero con el hacha en la mano, no para atacar, sino porque estaba partiendo leña.

—Vengo por mi hija —dijo don Aurelio—. Este trato se acabó.

Camila sintió que las rodillas le fallaban.

—Usted la entregó —respondió Ezequiel—. Ahora no venga a fingir que es padre.

Don Aurelio sonrió con veneno.

—El pueblo ya sabe qué clase de hombre eres. Tal vez convenga revisar esa casa. Ver si la viuda está aquí por gusto o por vergüenza.

Los hombres rieron.

Pero antes de que Ezequiel avanzara, Camila dio un paso al frente. Estaba pálida, pesada, con una mano en el vientre y otra aferrada al rebozo.

—No me voy con usted —dijo.

Su padre la miró como si acabara de morderlo.

—No seas tonta.

—Tonta fui cuando todavía esperaba que me quisiera.

El silencio cayó sobre el rancho. Incluso los caballos parecieron quedarse quietos.

Don Aurelio levantó la mano, furioso. Ezequiel se movió como un rayo y le sujetó la muñeca antes de que pudiera tocarla.

—A ella no la vuelve a golpear nadie.

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