Un padre entregó a su hija embarazada por una deuda: lo que el vaquero de la montaña le devolvió dejó atónito.

 

A la mañana siguiente despertó con voces infantiles detrás de la puerta. Al abrir, encontró a dos niñas idénticas mirándola fijamente. Tendrían 8 años. Trenzas negras, ojos grandes y una seriedad demasiado vieja para sus rostros.

—Tú eres la señora que papá trajo —dijo una.

—Soy Camila.

Las niñas miraron su vientre. Luego se miraron entre ellas.

—Yo soy Renata —dijo la más atrevida—. Ella es Regina. No habla mucho.

Regina bajó la vista y se fue. Renata la siguió.

En la cocina, las niñas desayunaron atole sin sonreír. Ezequiel ya estaba afuera cortando leña. Camila lavó los platos, barrió el piso y limpió la mesa sin que nadie se lo pidiera. No sabía qué más hacer con su vergüenza.

Los días pasaron con una frialdad ordenada. Ezequiel trabajaba desde antes del amanecer hasta que oscurecía. Las niñas eran educadas, pero distantes. Camila cocinaba, remendaba ropa, recogía huevos, mantenía la casa tibia. Nadie la maltrataba. Pero nadie la abrazaba tampoco.

Una noche, mientras doblaba cobijas, escuchó a las gemelas susurrar en el pasillo.

—¿Crees que se quede? —preguntó Renata.

—No sé —contestó Regina—. Mamá tampoco se quedó.

Camila dejó de respirar.

Esa frase la golpeó más fuerte que el contrato. Aquellas niñas no la miraban con desprecio. La miraban con miedo. Miedo de querer a alguien que también pudiera desaparecer.

Al día siguiente, Renata entró a la cocina mientras Camila amasaba tortillas.

—¿Puedo ayudar?

Camila levantó la vista, sorprendida.

—Puedes poner los platos.

Renata sacó 3. Luego dudó. Miró a Camila y sacó un cuarto. Lo puso al final de la mesa, donde ella solía sentarse sola.

Fue poco. Pero para Camila fue como una vela encendida en una iglesia vacía.

Esa tarde, Regina apareció con un vestido roto y una aguja enredada entre los dedos.

—¿Me enseña? —preguntó bajito.

Camila se sentó con ella en el porche y le mostró puntadas pequeñas. Regina no sonrió, pero se quedó cerca. Y cuando terminó, murmuró:

—Gracias.

Ezequiel vio todo desde el corral. No dijo nada. Pero esa noche apareció una cobija extra sobre la cama de Camila. Olía a cedro y estaba limpia. Ella supo que había sido él.

Por primera vez desde la muerte de Julián, Camila pensó que quizá no estaba completamente sola.

Pero 5 días después, un jinete llegó desde el pueblo con una noticia que volvió a mancharlo todo.

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